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Opinión

Medicina sin humanidad

Armando González
Armando González
Columnista
22 de mayo de 2026

A un año de la partida de mi madre a la eternidad, vuelven a mi memoria muchos momentos vividos durante su enfermedad. Recuerdos que, más allá del dolor familiar, me llevaron a reflexionar profundamente sobre el estado actual de nuestro sistema de salud y, especialmente, sobre la manera en que algunos profesionales de la medicina ejercen hoy una labor que históricamente fue considerada casi sagrada.

A un año de la partida de mi madre a la eternidad, vuelven a mi memoria muchos momentos vividos durante su enfermedad. Recuerdos que, más allá del dolor familiar, me llevaron a reflexionar profundamente sobre el estado actual de nuestro sistema de salud y, especialmente, sobre la manera en que algunos profesionales de la medicina ejercen hoy una labor que históricamente fue considerada casi sagrada. En la época de mis abuelos y de mis padres, el médico representaba una autoridad moral y social admirada por todos. Ser doctor no solo significaba tener conocimientos científicos; también implicaba cercanía humana, sensibilidad y vocación de servicio. El médico de antes escuchaba, acompañaba y transmitía confianza. Hoy, aunque sigo admirando profundamente a quienes estudian medicina —porque conozco el enorme sacrificio académico y personal que esa carrera exige—, debo admitir que muchas experiencias recientes generan preocupación. El sufrimiento de mi madre comenzó en el servicio de urgencias de una reconocida clínica oncológica. Durante días vivimos incertidumbre, angustia y desesperación. El especialista indicado tardó cinco días en valorarla y su revisión no duró más de unos minutos: leyó la historia clínica, observó superficialmente a la paciente y se retiró. Luego llegaron rondas médicas repetitivas donde muchas veces parecía más importante leer un papel que escuchar al enfermo. El examen que podía aclarar el diagnóstico tardó cerca de veinte días en realizarse. Mientras tanto, el procedimiento fue repetido una y otra vez sin resultados positivos, deteriorando cada vez más la salud de mi madre hasta llevarla finalmente a la muerte. En medio de aquellas noches acompañándola, empecé a leer literatura médica y oncológica para entender mejor lo que estaba ocurriendo. Tal vez por eso, en una ocasión me atreví a sugerir una inquietud durante una ronda médica. La reacción del especialista no fue verbal, pero su mirada bastó para expresar molestia, como si cuestionar o participar estuviera prohibido para quien no perteneciera al gremio médico. Y fue entonces cuando entendí algo preocupante: muchos profesionales olvidaron que detrás de cada historia clínica hay un ser humano y una familia sufriendo. No escribo estas líneas en contra de la medicina. Todo lo contrario. Tengo familiares y amigos médicos a quienes admiro profundamente y respeto como profesionales brillantes. Mi crítica no es hacia la ciencia médica, sino hacia la deshumanización que en ocasiones se ha instalado en algunas clínicas y en ciertos profesionales que parecen más preocupados por protocolos, procedimientos y facturación que por escuchar al paciente. La medicina necesita recuperar humanidad. El conocimiento científico jamás podrá reemplazar la empatía, la escucha y el trato digno. Un buen médico no solo salva vidas con medicamentos; también ayuda a sanar con palabras, cercanía y sensibilidad. Hoy, a un año de la partida de la “seño Mayo”, como cariñosamente muchos la conocían, solo queda pedir que el sistema de salud recuerde que los pacientes no son números ni estadísticas. Son seres humanos que merecen ser tratados con dignidad hasta el último instante de sus vidas.