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Opinión

Más allá de las melodías

Glenda K. Fuentes
Glenda K. Fuentes
Columnista
16 de noviembre de 2024

La música, refugio y unión, hoy enfrenta la superficialidad. Algoritmos y consumo distorsionan su esencia. ¿Responsabilidad compartida: artistas o audiencia? Reflexionar es clave.

Por Glenda K. Fuentes La música siempre ha sido un reflejo de unión, de esperanza, una forma de resistencia incluso en los momentos más oscuros de la humanidad. En los campos de concentración de Auschwitz, aquellos que enfrentaban el horror absoluto encontraron en la música un refugio, un acto de afirmación de la vida. Cantaban no porque las circunstancias fueran menos dolorosas, sino precisamente porque, en medio de la crueldad, la música les recordaba su humanidad y su dignidad. Es increíble cómo su capacidad para unirnos y brindarnos esperanza trasciende cualquier frontera y circunstancia. ¿Cuántas veces, estando por fuera del país, hemos escuchado, por ejemplo, un clásico de la provincia y se nos ha erizado la piel? Y es que, más allá de los ritmos y melodías, la música es también parte de nuestra identidad. Sin embargo, hoy nos encontramos con que esta expresión poderosa parece haber perdido parte de su esencia. En un mundo regido por algoritmos de consumo, lo que escuchamos responde menos a los valores que deseamos promover y más a lo que los mercados creen que queremos escuchar. Indistintamente del género musical, las temáticas dominantes giran en torno a infidelidades, drogas, alcohol y una imagen superficial de las relaciones humanas. ¿Es esto lo que realmente queremos escuchar? ¿O es simplemente lo que nos están acostumbrando a consumir? Y, más importante aún, ¿quién tiene la responsabilidad de cambiar esto: quienes producen la música o quienes la consumimos? La música que domina nuestras listas de reproducción no surge de la nada. Responde a un ciclo entre oferta y demanda, impulsado por los algoritmos que priorizan lo que genera más clics, reproducciones y ventas. Es tan así que las canciones que a menudo criticamos por su contenido están presentes en cumpleaños infantiles, reuniones sociales y otros espacios donde niños y niñas las cantan sin filtro alguno. ¿Qué estamos permitiendo cuando, en lugar de canciones como La rueda rueda, encontramos una con letras que promueven comportamientos destructivos? La responsabilidad no recae únicamente en los productores musicales. Es cierto que los artistas y la industria tienen un papel clave, pero también quienes escuchamos, compartimos y celebramos esas canciones tenemos una cuota importante de responsabilidad. La música no se consume sola; cada reproducción es una elección. Cada vez que permitimos que estas letras dominen nuestros espacios, estamos validando una narrativa que, quizás, no refleja los valores que realmente queremos transmitir. Cambiar esta dinámica no implica censura ni restricciones, sino reflexión. Reflexionar sobre qué música elegimos, qué mensajes permitimos que escuchen las nuevas generaciones y qué tipo de contenido apoyamos con nuestras acciones. Podemos exigir más de quienes producen la música, pero también de nosotros mismos como audiencia. La pregunta no es quién tiene la culpa, sino qué estamos dispuestos a hacer para cambiar el ritmo.