
Maltrato animal

La senadora Padilla celebra la inminente aprobación de la ley contra el maltrato animal. Sin embargo, el autor critica la prioridad de esta norma, argumentando que la corrupción y la inseguridad son problemas mayores.
Por Álvaro Bustos González* Con un tono de alegre suficiencia, la senadora Andrea Padilla proclamó a los cuatro vientos su triunfo. Pronto se aprobará la ley contra el maltrato animal, una norma que parte del prejuicio de que los animales son deliberadamente torturados, sin tener en cuenta su naturaleza recientemente humanizada. Nadie creó explícitamente el mascotismo. Quizá la costumbre de compartir con algunos animales domésticos provenga de la más remota antigüedad, lo que ha determinado un proceso cultural que ha llevado a que hoy, por ejemplo, en Estados Unidos existan más perros que niños. Detrás del mascotismo, como era de esperarse, surgió una industria multimillonaria no regida por el altruismo animalista, sino por consideraciones prosaicas que, en el lenguaje en boga, podrían atribuirse a la codicia del capital. Aquí hemos insinuado que, entre nosotros, el animalito más necesitado de cuidados es el ser humano, porque los desequilibrios sociales y las desigualdades siguen tomándose como justificación de la violencia inveterada. Quién sabe qué contenía la leche que les dieron de mamar a la infinidad de corruptos que merodean alrededor del Estado y sus negocios. Quién sabe qué contenían las compotas que les daban a quienes hacen leyes para favorecer a los delincuentes. Los mayores problemas del país, señora senadora, son la corrupción y la inseguridad, no el maltrato animal. Todo va enfocado a suprimir la tauromaquia, esa fiesta burguesa inventada por los pobres, las peleas de gallos y otras actividades que no solo surgieron de atávicas tradiciones hispánicas sino de la condición misma de los animales involucrados: el toro de lidia es un producto belicoso de la zootecnia y las corridas no son espectáculos de tortura sino ceremonias con un trasfondo religioso a las que se va para disfrutar de fugaces emociones estéticas que nada tienen que ver con la sangre ni el sufrimiento, pero sí con el valor y el juego sacrificial de la vida. Prohibamos, entonces, para desarraigar y reformar el mito cristiano, el simbolismo que encierra la crucifixión de Jesús y su corolario en torno a la resurrección de la carne. Lo más preocupante es que, una vez más, los fanatismos se están imponiendo. Se quieren promover valores asépticos, incontaminados, mientras se perpetúan las guerras, los asesinatos y la permisividad con la conducta desenfrenada. No podremos matar mosquitos ni cucarachas, pero todos terminaremos obligados a ser veganos, a no ser que el reino animal quede circunscrito a los perros y los gatos. *Decano, FCS, Unisinú -EBZ-.