
Machismo compasivo

Afortunadamente quedan mujeres que comprenden los matices de la naturaleza biológica y psíquica que las diferencian del varón. Ellas saben que somos distintos, pero complementarios, dentro del amor y la amistad, y por eso aceptan que no tiene sentido proclamar una diferencia abismal entre los sexos cuando todo eso puede quedar subordinado a la sinceridad de los afectos verdaderos. Quien lo probó lo sabe, diría Lope de Vega. Ahí, en medio del amor y la amistad, donde la vida muestra la esencia de lo sublime y, a veces, del dolor, radica la más profunda de las experiencias humanas.
El amor y la amistad, sin embargo, siempre han estado condicionados por diversos factores, no todos nobles, a través de la historia. Un ejemplo podría ser la tesis de Octavio Paz en el sentido de que el amor, como un sentimiento, surgió en el siglo XII, en el mediodía de Francia, cuando los músicos, poetas y trovadores seducían a las mujeres cuyos maridos, casi siempre en la guerra, las dejaban, a veces con cinturones de castidad puestos, a la merced de las persuasiones auditivas de los caminantes y bohemios de la época que tenían el don de enamorar con la palabra. Dicen algunos con picardía que a las mujeres el amor les entra por los oídos, porque a ellas les encanta que les digan mentiras. Hoy, sin embargo, ante la avalancha del feminismo fanático y la ideología de género, que nos convierte en antípodas irreconciliables, el hombre ha quedado confinado a una especie de silencio sepulcral en el que cualquier expresión de cortesía, como abrirle la puerta del carro o correrle la silla a la dama en el restaurante, se consideran un acto repudiable de machismo compasivo. Nada de eso implica un avance cultural ni social, ni borra las ancestrales culpas que han puesto a pagar al atávico patriarcalismo opresor, porque se trata de una chorrada, una más de las que ya nos tienen sumergidos en la gilipollez. Con razón algunas mujeres inteligentes, con la mirada risueña, dicen que el acosador es el que las halaga sin éxito porque, simplemente, no les gusta; y el viejo verde es el adulto pobretón, de exiguas cuentas bancarias, que jamás podrá llegar a ser un apetecible "sugar daddy". Así las cosas, al menos queda el humor para burlarse de la irrazonable guerra cultural que pretende igualarnos en la memez, que es igual a la idiotez. *Decano, FCS, Unisinú -EBZ-.