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Opinión

Luces y sombras

Álvaro Bustos González*
Álvaro Bustos González*
Columnista
22 de diciembre de 2024

Una pintura conmemora los 50 años de la Universidad del Sinú, inspirada en Milán. La obra de arte destaca por su simbolismo, con ninfas, elementos arquitectónicos y referencias literarias.

Por Álvaro Bustos González* A Ilse se le ocurrió la idea del cuadro estando en Milán. A su regreso se comunicó con el maestro Atencio, le dio unas pistas y cuatro meses después estaba lista la pintura conmemorativa de los 50 años de la Universidad del Sinú, que hoy reposa en un salón de reuniones especiales dentro del claustro. Llaman la atención varias cosas de esta obra de arte: una luz mortecina por momentos y unas manchas luminiscentes sobre el piso rojo, que parecen ingresar a través de unos tragaluces; cuatro ninfas que coexisten en la realidad en el ágora del fundador, pero que enmarcadas portan cada una un símbolo en sus manos: una corona de laurel, un manojo de espigas, una llama que no tiene trazas de extinguirse y un libro misterioso de título desconocido que debe encerrar algunos enigmas de la sabiduría. Ellas, las ninfas, reinan sobre unos pedestales de mármol que moran en un semicírculo en el que sobresalen, sobre la superficie húmeda, unos nenúfares marchitos. Detrás se observan los esbozos de las primeras edificaciones donde funcionó la universidad, antecedidos por una fuente de agua protegida por las imágenes de unos leones jóvenes, y en el fondo, a la izquierda, se visualiza la majestuosidad del río Sinú, el sol de los atardeceres, unas nubes errabundas y el barandal por el que se asoman los turistas en Santa Cruz de Lorica antes de que el río se diluya en el Golfo de Morrosquillo. La estatua del doctor Elías está flanqueada por las banderas de Colombia, del departamento de Córdoba y de la universidad, y la figura de doña Saray, que aparece sentada en una banca de madera rústica, se ve acompañada por unas heliconias y por dos angelitos que le dan un toque de ternura al retrato. El maestro Atencio se lució. Conjugar en un cuadro de magnitudes inusuales la literatura y los claroscuros de Caravaggio o de Rembrandt en el trópico es un alarde de sensibilidad. Digo la literatura porque, cuando vi la obra, pensé en El nombre de la rosa, la novela de Humberto Eco que se desarrolla en un monasterio medieval en el que la disputa en pos de la verdad (la luz), que celosamente se ocultaba en la biblioteca, significó la muerte de varios monjes, así como perecen académicamente los estudiantes que no se interesan por el aprendizaje y que, por ello, permanecen en la oscuridad. *Decano, FCS, Unisinú -EBZ-.