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Opinión

Los pensionados: otra mina

Lucia Teresa Solano Berrío
Lucia Teresa Solano Berrío
Columnista
6 de abril de 2026

No es nada llegar a viejo. A convivir sin chistar de los achaques, las idas al médico y el tratamiento permanente de enfermedades crónicas. Ese panorama está claro desde mucho antes y, bien que mal, se aprende a manejar.

Pero hay otros intereses que merodean las colillas de pago de los pensionados. Las ofertas de crédito para ellos crecen como verdolaga en playa, caen como la lluvia en las temporadas invernales más intensas. Son centenares de entidades crediticias, que se multiplican como ips, farmacias o paga diario; tienen estrategias camaleónicas que las obligan a cambiar de razón social como los enamorados de ropa y dan más vueltas a los argumentos financieros que segundero de reloj. Sin excepción les ofrecen múltiples facilidades para que se endeuden: reportado, enfermo, agónico, solo o acompañado, hay plata para lo que sea. Y el detalle superatractivo para ponerlos a prueba: el más bajo interés en mil kilómetros a la redonda. Nada de eso se compadece con la realidad. No hay ventajas ni favores. No existe trato especial con ellos. Esas oficinas crediticias hechas a medida para los pensionados solo tienen una meta: ganancias. Los mismos intereses del mercado. Ausencia total de algo que les suavice el golpe de vivir en la pobreza. Deshumanización y nada de compasión. De siempre se ha dicho que los negocios no tienen alma, no tienen idea de lo que es ponerse en los zapatos de los demás. No hacen el mejor esfuerzo para no pasarse de la raya con quienes no tienen las habilidades y los conocimientos para no meterse en líos. Es más, no alcanzan a comprender el tamaño de la herida que les causan a los pensionados en lo más profundo de su ser cuando se dan cuenta de lo que les restan de la mesada. Muchos de los beneficiados con el crédito no tienen correo electrónico, no saben utilizar cajeros electrónicos y no tienen a quien les evite equivocarse. Si las autoridades hicieran su trabajo, si los controles operaran como es debido, no esperarían que denuncien atropellos. Ya ese sector estaría en cintura. Eso no ocurre. Las autoridades no están alertas. Y, sin llamarnos a engaños, prevenir no es la especialidad de los colombianos. Lo primero que deberían hacer superintendencias, entidades que pensionan y dependencias oficiales y privadas que tocan con los mayores, sería pedir el listado de adultos mayores embargados para que comprueben que hay otra mina inmensa para hacer riqueza: las pensiones de quienes ya cumplieron su ciclo completo de trabajo. La legislación colombiana establece que el salario de los pensionados no puede embargarse en más del 50% del total, a sabiendas de que la gran mayoría recibe una mesada discreta, por no llamarla pobrísima, y debería ser una cuota estipulada con total consideración. Existe en este país la libre empresa. La gente busca créditos por propia decisión. Y ellas ofrecen sus servicios. Todo eso es cierto, pero lo demás también. La usura es grande y la desprotección es inmensa.