
Los enredos de la paz

De "violetólogos" a "pazólogos": Colombia enfrenta un nuevo desafío. El análisis de la violencia y la búsqueda de la paz requiere pragmatismo y método, no solo buenas intenciones.
Por Carlos Vargas Rodríguez En los años 80 y 90, el término "violetólogo" se volvió popular en los medios y en los círculos académicos. Ser llamado así, otorgaba el prestigio de ser catalogado como un experto en el análisis de la violencia que, para aquellos tiempos, afectaba al país. Estos académicos intentaban explicar detalladamente las causas objetivas y subjetivas del fenómeno. Era otra más de las coyunturas por los cuales hemos trasegado los colombianos. Con el tiempo y los diferentes ciclos de violencia, treguas y negociaciones de paz, podríamos decir que han surgido los "pazólogos", es decir, aquellos expertos en temas de paz. Bajo esta nueva denominación, encontramos una amplia variedad de personas, desde reputados académicos, políticos y curtidos negociadores, hasta llegar a mercaderes y componedores de conflictos. En Colombia, estamos sobrediagnosticados en cuanto al conocimiento de las causas estructurales de la violencia y las dificultades que tenemos para lograr la paz. En mi caso, no pretendo añadir más diagnósticos, sino interpretar la situación actual, basándome en la experiencia que me da haber sido un actor, lamentablemente, en escenarios de violencia. Sin ser un crítico acérrimo, considero que en el esquema de "paz total" que propone este gobierno, hay una serie de factores que complican aún más la posibilidad de éxito. Alcanzar la paz no es solo una cuestión de buenas intenciones; requiere pragmatismo, método, buena información y contexto. Y, en estos momentos, creo que falta bastante de todos estos elementos. No estoy exagerando. Tomemos un ejemplo: siendo un proceso tan complejo que requiere planeación y permanencia en los procesos, ya hemos tenido dos comisionados de paz. Danilo Rueda llegó con la precedencia de un importante currículum académico, pero dejó claro que hay una gran diferencia entre la academia y el hacer. No obtuvo buenos resultados. Por otro lado, Otty Patiño es una figura distinta. Fue combatiente (ex M-19 amnistiado) y académico, lo que le da un perfil equilibrado para el cargo. No obstante, las cosas no avanzan como se desearía. La razón principal es que se intentó abarcar demasiado al pretender negociar con todos los actores armados al mismo tiempo, algo prácticamente imposible de conducir. Además, no existe aún una base jurídica sólida para tratar a las disidencias de las Farc como un grupo armado con estatus político, como ocurre con el ELN. El Clan del Golfo y otros grupos delincuenciales son criminales que buscan aprovechar la situación. No tienen nada que perder y pueden ganar algo. Pero el problema estructural que impide consolidar la paz son las economías criminales. Narcotráfico, minería ilegal, deforestación, extorsión y secuestro son los motores de la violencia. Mientras estos elementos persistan, los sueños de paz seguirán siendo eso: sueños. Negociar la paz debe ser una política de Estado, no solo de gobierno. Esto permitiría mantener la sostenibilidad de lo logrado y aprender de los errores del pasado. La paz es un bien común para todos, tal como lo establece la Constitución, y no debe tratarse como un asunto de partidos o ideologías.