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Opinión

Los cuadernos del sordo

Álvaro Bustos González*
Álvaro Bustos González*
Columnista
29 de marzo de 2026

Entre 1818, cuando Beethoven comenzó a quedarse sordo, y marzo de 1827, cuando murió, sus amigos llenaron 137 cuadernos, según Alejo Carpentier, y más de 400, según el biógrafo Maynard Solomon, en los que quedaron las preguntas que, debido a su incapacidad auditiva, debían hacerle por escrito. De esos retazos de pensamiento e inspiración, y en vista de que la vida ni la obra de un hombre caben en una sola categoría estética, surgieron diversos y contradictorios análisis históricos, psicológicos y sociológicos sobre la existencia del egregio compositor, que hoy constituyen un bagaje inagotable, no siempre fidedigno.

Bueno es saber que existió la peña de Beethoven, como si se tratara de una analogía taurina, cuyos miembros, provenientes de la aristocracia intelectual vienesa, se reunían con frecuencia en unos bares y tabernas que, solo por relamernos, tenían unos nombres sugerentes: El cisne blanco, El camello negro, El erizo encarnado y La ciudad de Trieste, donde cataban vinos profusamente y le dedicaban requiebros osados a las mujeres atractivas que pasaban por ahí. Hoy eso hubiera sido imposible: los guardianes de la virtud los habrían tildado de acosadores. Mucho se ha dicho acerca de la personalidad de Beethoven. Uno podría deducir que su sonata Claro de luna obedece a una de sus más recónditas convicciones: “Todos los males son misteriosos y parecen más graves cuando se los contempla en la soledad”, o que su amor por los bosques y los árboles determinó algunos aspectos rumorosos y solemnes de sus grandes obras; también podría pensarse que su carácter, a veces huraño e irascible, expresaba algunos conflictos familiares. Lo cierto es que, a pesar de todo, gozó de la vida. No otra cosa se puede deducir de los aperitivos y el menú que solía consumir con sus buenos amigos periódicamente: cerveza de Ratisbona, mostos del Rhin, ostras venecianas, faisanes de Bohemia, ocas de Pomerania, anguilas, patos asados y toda suerte de exquisiteces que nada tienen que ver con el eterno torturado que nos han querido mostrar.   Esto último se lo leí a Alejo Carpentier en su recopilación de artículos publicados a mediados del siglo pasado en El Nacional, de Caracas, y en otros periódicos de Latinoamérica, que lleva por título Ese músico que llevo dentro, y que editó Alianza Editorial en Madrid en 1987, unos textos estupendos que les recomiendo a los amantes de las crónicas breves llenas de música y de vida. *Decano, FCS, Unisinú -EBZ-.