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Opinión

Lorica es Sánchez Juliao

Ensuncho De La Bárcena
Ensuncho De La Bárcena
Columnista
21 de noviembre de 2025

Tuve el honor de conocer, conversar y viajar con uno de mis héroes de infancia.

Es David Sánchez Juliao, el gran narrador del Sinú y uno de los más destacados del caribe español. Nacido en Santa Cruz de Lorica, ciudad hecha para la Gloria, el 24 de noviembre de 1945. El próximo lunes celebraremos 80 años de su natalicio. Sánchez Juliao es un autor mítico para mí, casi una leyenda sinuana. Cuando yo era niño su voz salía de las grabadoras y nos contaba historias de un fracasado boxeador, de un conductor trágicamente célebre o de un turco viejo que al volver a su país extrañaba el Caribe. Sus cuentos se me instalaron en la memoria, tal como los de Condorito, Águila Solitaria, el Chavo del Ocho, Memín Pingüín o Supermán. Luego veía su nombre en las pantallas de televisión, junto a “Gallito Ramírez”, “Pero sigo siendo el rey” y “Mi sangre aunque plebeya”. Soñaba con conocerlo. El milagro ocurrió en 2003 gracias a Dios, a mi padre y a uno de sus buenos amigos: el padre Laureano Ordosgoitia. Don Rami me mandó los pasajes para que yo viajara de Barranquilla a Sincelejo, donde tendría lugar el lanzamiento del libro del Padre Lau, que compilaba las columnas que escribía para este diario. A bordo del taxi que nos llevaría al club caímos en cuenta de que el presentador oficial del libro sería el gran David. Al verme la cara de sorpresa, mi viejo prometió presentármelo, porque habían sido compañeros de mesa en los tiempos en los que mi padre era gerente de Telecom en la bella y señorial ciudad de mi abuela materna, Doña Juanita Isaza de Bárcena. Nos hicimos amigos. Maestro y discípulo. Cada vez que viajaba a Barranquilla me llamaba para que lo acompañara a hacer sus diligencias. En la ciudad de la alegría caímos en cuenta de nuestro parentesco y desde allí viajé al Sinú para filmar nuestro documental, aún inédito. Todavía recuerdo la siguiente escena como si estuviera aconteciendo ahora. Cae la tarde sobre el río de los ancestros. El sol, en modo yema, pinta la brisa de oro. El rey David, sentado en el malecón, frente a las casas en las que ocurrió su infancia. En su cabeza, un sombrero fino de paja toquilla color café. En su rostro, una sonrisa. En las manos su gaseosa favorita, en botella de vidrio. Toma un sorbo. Cierra los ojos. Saborea unos segundos de silencio y responde a la pregunta de este servidor: “Yo paso el día en cualquier parte del mundo, pero siempre duermo en Lorica”. ¡Larga vida a su obra y legado!