
Lo que no me pongo

Una semana de "usar lo que tengo en el armario" desató una reflexión sobre la necesidad de desapego y renovación personal. La autora explora la vigencia de ideas, relaciones y creencias.
Por Olga Leonor Hernández Bustamante Esta semana, por una decisión medio repentina y caprichosa, sin ningún sustento en algo que me haya pasado, ni una intención experimental, decidí que iba a ser semana de "Usar las cosas que tengo en el closet y que nunca me pongo". Así que empecé, a pesar de la sonrisa de lado burlona de mi esposo, cuando le anuncié con bombos y platillos mi reto de la semana, a usar faldas, vestidos, blusas y hasta aretes que estaban guardados y que nunca (o casi nunca) uso. Me reencontré con cosas que de verdad me gustan y no entiendo por qué no las había vuelto a mirar. En contraste, me obligué a estar varias horas con una falda de la cual ahora no entiendo qué hace en mi closet, al final me la tuve que quitar con la firme decisión de regalarla. Me permití ponerme unos aretes grandes y me gustó cómo se veían, y me pregunté qué estaría sintiendo el día en que los guardé en un lugar donde casi nunca miro, condenándolos casi que al olvido. Ese pequeño reto, cotidiano, me hizo pensar en cómo esto lo puedo aplicar a otras áreas de mi vida. ¿Guardo, por simple costumbre, cosas que ya no necesito, que ya no me interesan, que ya no usaría? ¿Mantengo ideas de mí misma desactualizadas y viejas? ¿Tengo recuerdos acerca de otras personas en una época distinta de nuestras vidas sin considerar que, hoy en día, esas personas seguramente piensan o se sienten distinto? ¿Qué de lo que tengo seguiría usando y de cuáles cosas definitivamente me tengo que deshacer? ¿Qué cosas, de tanto estar guardadas, simplemente se dañaron? ¿Hay algo nuevo que deba conseguir? ¿Tengo cosas realmente irremplazables? Y me hizo pensar en quienes conozco, en mis pacientes. ¿Conservan intacta la sensación de impotencia, sin considerar que hoy en día son personas definitivamente diferentes? ¿Mantienen, por protección o defensa, decisiones acerca de sí mismos y de sus vínculos que en este momento los limitan a una vida estéril y solitaria? ¿Para qué siguen guardando, sin detenerse a revisar, creencias y maneras de comprender la realidad que los hacen sentir cansados e infelices? ¿Conservan la esperanza de que las cosas que tienen guardadas les sigan sirviendo, sin considerar el paso del tiempo? ¿Mantienen expectativas de relaciones que conservan, solo por el temor que les significa soltarlas o resignificarlas? ¿Qué sensaciones o necesidades hacen que algunas veces acumulen y acumulen (ideas, sentimientos, relaciones, objetos)? En todo caso, un simple ejercicio ha sido revelador. Es una buena iniciativa. Vivir con lo que necesito y actualizar la experiencia, comprendiendo que nunca soy la misma. Ya lo decía Heráclito: "Nadie puede bañarse dos veces en un mismo río". Aunque en apariencia el río siga siendo el mismo, el agua que corre por él, ha cambiado.