
Lo que el agua se llevó

El agua, sin pedir permiso, entró a la vida de los cordobeses reclamando un espacio que un día fue suyo. Desplazando vidas, arrasando ilusiones y destruyendo sueños. El agua se llevó muchas cosas, incluso vidas humanas, pero no pudo arrancarnos la esperanza.
Porque somos un pueblo que ha demostrado que ante la desgracia se crece, se hace más fuerte y se vuelve uno solo en su propósito de recomponerse. Los ríos Sinú y San Jorge anegaron campos, carreteras, avenidas, calles, casas, comercios, barrios y pueblos enteros, tomándose cada centímetro y haciéndolo suyo. Volvieron a territorios que habían abandonado hacía décadas, pero que no habían dado por perdidos, recordándonos que ellos también tienen memoria. La creciente arrasó una cantidad considerable de bienes materiales irrecuperables. Casas que dejaron de ser refugios y cuya pérdida causó una pena en el alma de quienes las habitaban. El agua se llevó lo que costó años construir. No eran simples objetos: eran sacrificios y luchas. Y representan la memoria y la narrativa testimonial de las familias. Cosas que la gente y el tiempo les habían dado un alma. El agua se llevó consigo muchos cultivos y animales domésticos y de crías. Grandes pérdidas económicas para quienes tenían su inversión puesta en el ganado y la siembra. Dura pérdida emocional para los que se quedaron sin sus mascotas y sus jardines, que eran armonía del hogar, conectores con la naturaleza y gestores de la salud emocional de la familia. Lo que más duele no tiene reemplazo. Las vidas que el agua se llevó nos llenan de impotencia y tristeza. Sin embargo, viendo las imágenes de la fuerza devastadora del Sinú y el San Jorge, solo nos hace pensar: pudo ser peor. El agua se llevó la sonrisa de los niños que correteaban por los patios y las calles, la alegría de los viejos sentados en las puertas de las casas, el sonido fiestero de las cuadras donde la música sonaba, los gritos del vendedor ambulante. El sonido de lo cotidiano. Pero todo eso volverá, porque poco a poco la gente va regresando a sus hogares con el corazón encogido por la tragedia, pero con la ilusión de volver a comenzar. El agua se llevó cosas, mas nos dejó intactas las ganas de seguir luchando por un futuro mejor. Porque Córdoba es un pueblo que ante la desgracia se crece, se une y vuelve a empezar.