
Lo que debe hacerse.

Es inevitable señalar la diferencia que existe entre las naciones, las personas y sociedades y eso es así, por cuanto “somos únicos e irrepetibles”, frase que hizo carrera desde hace décadas o centurias, que se le escucha bastante a conferencistas y demagogos, aunque me temo sea una expresión más de la retórica con poco asidero en la práctica, por cuanto los tratamientos, medidas o decisiones que se adoptan, parten más de la igualdad de derechos, que de la diversidad.
Al partir de la diferencia, estaremos ante un mundo infinito que cada día tendrá su afán y no habrá límites para buscar, encontrar o construir caminos, metas y resultados que tampoco significan que hay que dejar de lado los procesos como algo desechable; por el contrario, la naturaleza enseña que las cosas tienen su ciclo, su período y que solo cuando maduran, es que vienen los cambios como resultado de la acumulación de sus fuerzas internas. Así las cosas, una persona cumple su ciclo cuando ha agotado su vida, que consiste en tener hijos por un lado y haber desarrollado su etapa productiva, en tanto los vehículos o medios creados por el hombre y la sociedad, tienen su vida útil y nadie los va a botar al día siguiente de adquirirlos, porque estaría afectando con creces la estabilidad y rentabilidad de la empresa que tiene en sus manos, lo que hace es mantenerlos y conservarlos para aumentar el valor social de su inversión. Si esto es así, porque el afán en las administraciones públicas, no solo de cambiar, sino de ignorar, desconocer, pasar por alto los procesos internos de la organización y que son la columna vertebral de la gestión y en su lugar, implantar ideas que no garantizan mejores resultados y el bienestar de las comunidades, por cuanto buscan es crear la impronta del paso por la administración, poniendo en riesgo el funcionamiento y prestación de los servicios que deben llevarse a cabo. Lo anterior es una característica de los gobiernos que no entienden que la transformación de una nación, región o localidad es producto de cumplir a cabalidad las actividades de cada área o dependencia, para que el ciudadano, la empresa, la sociedad, al recibir un excelente servicio, mejore los suyos y eleve los niveles de productividad y el tamaño del producto que elaboran. En el afán de brillar, los administradores abandonan la conducción de la nave y se alejan de su “puesto de trabajo” dejándolo a la intemperie, con el riesgo de que siga sin rumbo y con mediocres resultados de gestión, que la sociedad cobrará en términos de rechazo y malestar porque, otra vez, los gobernantes se olvidan de que en lo sencillo, elemental, común, está la solución a los problemas y no en actitudes que se convierten en obstáculos al desarrollo.