
Lo que Córdoba le puede enseñar al próximo gobierno

Cada nuevo gobierno nacional llega con una promesa de crecimiento que involucra a los territorios; varía en el acento ideológico, pero la estructura es la misma, pues si el país crece, el territorio mejora. Esa ecuación, repetida durante décadas, ha sido suficientemente desmentida por los datos como para que ya no resulte convincente, por eso seguimos esperando que alguien la reformule.
Córdoba es un buen lugar para reformularla. Primero, porque es un ejemplo claro de lo que ocurre cuando el crecimiento nacional no encuentra en el territorio las condiciones para convertirse en desarrollo. El Boletín Ideas n.º 7 de la Universidad Tecnológica de Bolívar, publicado en 2025 sobre las Cuentas Departamentales del Dane 1980–2024, documenta con precisión que la participación del departamento en el PIB del Caribe colombiano pasó de cerca del 14% a finales del siglo XX al 11,9% en 2024. Y eso ocurrió en décadas en que Colombia, en promedio, creció. La razón es que Córdoba no tiene aún, una arquitectura productiva capaz de retener ese crecimiento. Una arquitectura productiva es más que un inventario de recursos; si fuera por eso, Córdoba tiene tierras fértiles, acceso hídrico, biodiversidad, costa, ganadería, minería. Lo tiene todo. Pero sin una decisión sistemática, con visión de largo plazo y capacidad institucional para sostenerla, convierte la ventaja en paradoja. La paradoja del territorio rico con economía pobre. El próximo gobierno nacional, llegará con una agenda de crecimiento que necesita entender que los instrumentos nacionales solo funcionan si encuentran territorios capaces de activarlos. Un departamento sin especialización inteligente, sin cadenas de valor articuladas, sin ecosistema institucional para la innovación productiva, recibe los instrumentos y los procesa como gasto, no como inversión. Para Córdoba, esas ventajas están en la intersección de tres vectores que no se han articulado nunca de manera deliberada, la bioeconomía, anclada en la riqueza ecosistémica del Sinú y el San Jorge; la transformación digital de sus cadenas productivas tradicionales y las que se prioricen; y la capacidad institucional para gestionar esa transición sin perder el tejido social que la sostiene. La bioeconomía, en este contexto, no es un eufemismo para conservación ambiental. Es un modelo de generación de valor a partir de recursos biológicos, con ciencia e innovación como insumos. Colombia tiene metas trazadas: que ese sector represente el 3% del PIB y genere más de 500.000 empleos verdes para 2030. Hoy está en el 0,8%. La distancia entre esa meta y esa realidad no se cierra desde Bogotá. Se cierra desde territorios que decidan convertirse en laboratorios de esa transición. Ahí está la lección que Córdoba le puede dar al país. El departamento es uno de los dos únicos casos latinoamericanos seleccionados para el Global Bioeconomy Summit 2026 en Irlanda, el evento global de referencia en la materia, precisamente porque cuenta con el único plan de desarrollo departamental de Colombia al que incorporamos metas concretas y ejecución verificable en bioeconomía territorial, y que hace parte de la visión de la Agenda Córdoba 2052. No es suficiente, pero muestra que desde el territorio este departamento tiene clara la dirección. El crecimiento prometido desde la capital no llega solo al territorio. Llega si el territorio tiene algo que ofrecerle a cambio. Y construirlo es, antes que cualquier otra cosa, una responsabilidad nuestra.