
Lo más importante

La salud integral va más allá del cuerpo. El artículo explora cómo las enfermedades del alma, mal diagnosticadas, impactan más que las físicas, y propone la fe como camino de sanación.
Por Selma Samur de Heenan Es indudable que somos seres integrales compuestos de mucho más que de materia. Es igualmente cierto, que cada parte de nuestro ser es susceptible de enfermarse de diferentes formas, y que por eso mismo deben ser distintas las fuentes que pueden ayudarnos a sobrellevar las dolencias que se nos van presentando. Miremos lo que sucede en el caso de las enfermedades ajenas al cuerpo, que lamentablemente son las más frecuentes y graves. Primero, pocas veces son bien diagnosticadas o atendidas. Segundo, para atenderlas se buscan explicaciones que nada tienen que ver con las reales causas que las originaron y peor aún, se acude a los remedios que no podrán aliviarlas. Lo cierto es que no solo el cuerpo recibe las consecuencias de nuestros desmanes, pecados y malos hábitos, porque es principalmente nuestro ser interior, ese que no se ve pero que sí existe y se hace sentir, el que sufre la peor parte y nos hace padecer los mayores tormentos. Estamos inmersos en una sociedad que nos induce a pensar que lo más importante en nuestra vida es lo material, banal y placentero, vivir el ahora aprovechando cada oportunidad para ser feliz aun a costa del sufrimiento de otros. Llenándonos de unas ideas absurdas que se constituyen en la guía de una existencia inocua. Por ejemplo, existe la concepción generalizada de que lo más importante que tenemos es la salud del cuerpo. Eso es falso. Lo verdaderamente importante que debemos cuidar es nuestra paz, porque sin ella de poco vale un cuerpo libre de afecciones. Y todo lo contrario, podemos estar enfermos y vivir con una gran paz, de aquella que llega a irradiar un gozo interior que envidian hasta los sanos. De igual manera, estamos abocados al afán de riqueza pensando que adquiriendo bienes podremos mitigar el vacío que hay en el corazón, lo que resulta absolutamente falso y desmentible, pues basta con reconocer que todo eso es temporal y se agota inexorablemente por más esfuerzo que hagamos para impedirlo, tal como lo vemos en aquellos que ostentan tantas riquezas y llevan una vida miserable. Puedo dar testimonio de que en los Sacramentos, la oración y la Palabra de Dios he encontrado la mayor fuente de bien, porque lo más importante es el alma que, siendo eterna, tiene como médico infalible a Dios que nos creó y conoce. Jesús nos lo enseña cuando dice: "Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso". Mateo 11, 28.