
Llorar

El artículo reflexiona sobre el significado del llanto, desterrando el estigma de "llorona". Explora la necesidad de desahogo y el valor de la empatía, en lugar de soluciones, ante el dolor ajeno.
Por Olga Leonor Hernández Cuánto daño nos hicieron al cargar a quien llora y se desahoga con una palabra que impone a la acción de llorar la característica de la queja y la debilidad: llorona. Esta palabra cae como un mazo sobre la cabeza del que siente, porque le otorga el lugar del débil, del que exagera, del que se cansó y no tiene fuerzas, del que se está dejando ganar del miedo. ¡Vaya a llorar a la llorería! Cuánto menosprecio y desinterés implica esto ante el dolor y el malestar de alguien. Pero entraña algo de razón: El llanto es en sí mismo un lugar. En nuestro propio centro tenemos nuestra llorería personal. Se llora con los ojos cerrados, en un acto íntimo de liberación de los amarres que se habían sostenido. Se llora con la mirada hacia dentro, desglosando la angustia en sus partes, subiendo y bajando el volumen, comprendiendo los temores que se le agregan a cada momento, observando las ideas que surgen en ese ir y venir de sensaciones. Se llora por rabia, por impotencia, por preocupación, por tristeza, por miedo, por agotamiento. Detrás de ese llanto está oculto el significado que determinada situación tiene para cada uno. Llorar no necesita testigos, pero no le hace bien ocultarse. Y aquí hay una situación que sé que todos los que hemos llorado comprenderemos: No necesitamos testigos de nuestro llanto, pero necesitamos muchas veces de la presencia del otro que sostenga, que sea recipiente de nuestra angustia. La presencia de otro es solo para eso, para estar ahí. No hace falta más. Cuando se es testigo de una persona que sufre, solemos movernos incómodos en un terreno que sentimos fangoso y empezamos a lanzar, como si fueran rocas para agarrarse, soluciones y recomendaciones acerca de la situación, o recordatorios de cuan fuertes hemos sido en otros momentos o explicaciones certeras sobre el origen y la causa de lo que siente. Quien llora percibe que el otro quiere solucionar su dolor y así disminuir su propia impotencia e incomodidad. Llorar es un acto de encuentro con uno mismo y saber estar presente para el que llora sostiene la valoración profunda de lo que el otro necesita sentir y decir. Por más absurdo o irracional que todo parezca en ese momento. Dejar llorar y acompañar al otro a hacerlo es un acto de respeto y amor hacia quien necesita, junto a otro, encontrarse consigo mismo. Que se abran las compuertas del corazón, llorona. Que salgan todas las angustias que has acumulado por esa manía de hacerte la fuerte y de hacer sentir a los demás que puedes con lo tuyo y con lo de ellos de forma indefinida.