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Opinión

Llegó la Navidad en mayo: con ella, los Reyes Magos

Yesica Castañeda Vásquez
Yesica Castañeda Vásquez
Columnista
19 de mayo de 2026

Llegó otra vez la Navidad cívica que se nos repite cada cuatro años: las elecciones. Una fecha en la que volvemos a creer en milagros, en gestos providenciales, en regalos que llegarán por la ventana del voto. Y con ella, inevitablemente, llegan los Reyes Magos, los políticos: los nuestros no vienen de oriente, sino de las plazas y de los estrados, cargados de promesas envueltas en papel brillante. Falta solo el Niño Dios. Y el Niño Dios, en esta versión nuestra, es Colombia: un país acostado en el pesebre del desgobierno, esperando volver a nacer. Que esta vez los regalos no se queden en el árbol del que reparte, sino que lleguen al hogar que necesita techo, salud, educación y futuro.

Esta columna no es de reproche. La izquierda colombiana hizo algo —poco para lo prometido, pero algo—: puso en la conversación pública a la Colombia rural, al campesino, a la mujer cabeza de hogar, al joven sin cupo, a los territorios olvidados. Lo que también hay que decir es que ningún país ha logrado demostrar que el modelo económico inspirado en Marx y Engels sea viable a largo plazo: las recetas que prometen igualdad por decreto suelen producir, con el tiempo, escasez por defecto. Si la derecha llega al poder en 2026, ojalá no cometa el pecado de gobernar como si la mitad del país no existiera; ojalá tenga la grandeza —medida en obras y no en revanchas— de sentar a líderes de izquierda con propuestas serias. La verdadera Navidad es la que pone oro, incienso y mirra sobre el mismo pesebre: alianzas para multiplicar el impacto, no para repartirse el poder. Aquí en Córdoba —seamos justos— vamos mucho mejor que en otros departamentos donde literalmente ya no queda esperanza. Y por eso mismo somos, a veces, ingratos: muchos políticos también han logrado cosas importantes, y conviene reconocerlas. Felicitar es un acto cívico, tanto como castigar al que no cumple o se enriquece a costa de los más vulnerables. El único Dios está arriba; nosotros somos apenas administradores y servidores de un propósito en la tierra. Hay líneas rojas que no deberían negociarse. La primera, los valores —como insistía Miguel Uribe Turbay, vilmente asesinado en plena contienda política. Su muerte fue una herida irreparable; duele aún más cuando se constata cómo desde ciertos sectores radicales se ha legitimado un clima de odio que llega a instrumentalizar, incluso, a nuestros propios jóvenes—. La segunda, la seguridad: Colombia tiene que recuperarse, y eso exige mano firme y Estado presente. La tercera, la salud: merece rigor, no improvisación; no es un tablero político, es la dignidad de millones. Hay puestos que no deberían decidirse por cálculo político ni por marketing identitario: una vicepresidencia, un ministerio técnico, una cartera de salud o de defensa se llenan con trayectoria, no con simbolismo. Lo contrario es una bofetada a los miles de profesionales colombianos que han sacrificado años para estar a la altura. El Pacto Histórico nos prometió una “Colombia humana” que terminó siendo más marketing que humanidad: colores bonitos para el ojo, pero un proyecto demasiadas veces atravesado por la revancha. La Constitución es la biblia cívica de los colombianos, y no se reescribe al gusto de un proyecto político. Si alguien quiere algo perfecto, que se lo pida a Dios; nadie lo es. Lo que sí podemos exigirle a la urna es elegir gobernantes con educación y, sobre todo, con valores. Porque sin valores, un líder es una vasija hermosa por fuera y vacía por dentro: brillante en el ajedrez político, hueco en lo esencial. ¡Ponte pilas, mijo! Porque aquí la pregunta es quién se come a quién: ¿la paloma al tigre, el tigre a la paloma, o el heredero a todos? El Niño Dios —esta Colombia nuestra— va a nacer otra vez. Y esta vez, su Domingo de Ramos no llega en diciembre, sino en mayo, y si Dios quiere, en junio con una segunda vuelta: en esas fechas nos pondremos frente al tarjetón y elegiremos, Dios mediante, a un buen presidente o presidenta que gobierne pensando en que todos debemos estar bien. No por obra de un mesías, ni por la luz de una sola estrella, sino por la suma silenciosa de muchas manos distintas trabajando en la misma cuna. Feliz Navidad en mayo, querido cordobés, querido colombiano. Que en estas elecciones sepamos elegir: que cuando nos pongamos frente al tarjetón, respiremos hondo, pensemos con cabeza y con corazón, y votemos con la conciencia tranquila. Que el regalo más grande sea, por fin, el que nunca nos hemos dado: el de unirnos en lo esencial.