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Opinión

Llegó el verano

José Arturo Ealo Gaviria
José Arturo Ealo Gaviria
Columnista
4 de diciembre de 2023

El verano ha llegado, desplegando un sol inclemente y un ambiente de quietud. La naturaleza vibra con colores y sonidos, prometiendo alegría y esperanza.

Por José Arturo Ealo Gaviria Sí, llegó el verano. La mañana se despereza con una densa capa de neblina. Anuncia un sol inclemente. Bebo una taza de café. De algún patio cercano al mío viene el olor a limoncillo. Las horas pasan y el sol humilla. "Vengo a decirles compañeros míos / ¡Llegó el verano! ¡Llegó el verano! / Luego verán los árboles llorando / Viendo rodar sus vestidos". Así lo describe Alejo Durán en su canción "El verano". A horas del mediodía el calor es prisionero. Hay quietud. Nada se mueve. El cielo apabulla. Llegó el verano con sabor a tiempo de vibraciones a gran distancia y de un estado de ánimo en la naturaleza, algo especial entre el cielo y la Tierra. Así va transcurriendo el día. De patios vecinos llega el trinar de esas aves en libertad y cautivas al amparo del follaje de los árboles. El verano se abre hacia un espacio zigzagueando en los jardines con aire de constelaciones vivas, de gamas y visiones explosivas. Se deja ver como un infante, como un vigía, mientras cruza la tropa incesante de hormigas con hojas a sus espaldas. Inicia un tiempo de esperanza que va de la mano con ánimo de alegría. Verano es un viaje espacial hacia una dimensión cuando la naturaleza entre ella misma hace magia con los episodios reflejados en los cielos del atardecer. Sí, ha llegado el verano con cierta clase de origen, de visibilidades en un mundo de esplendor. Llegó el verano con sabor a tiempo de vibraciones a gran distancia y de un estado de ánimo en la naturaleza, algo especial entre el cielo y la Tierra. La penumbra de la noche se cierra para que se abra la claridad de las auroras. Durante el verano bullen los valles y la sabana, los atajos de ríos, ciénagas y de riachuelos. Las noches iluminan los playones y en las ligeras elevaciones vaga una que otra nube persiguiendo la tradición de una fábula perdida. Sobre la hierba se postra el rumiar de semovientes y la silenciosa huella de constantes brisas. Las riberas lucen al claro sol del verano. Y el viento echa raíces en las honduras de los crepúsculos. Se asocia con la tierra, con una insistencia de tiempo añorado, con aroma a sabiduría invadiendo los vericuetos del tiempo. Hay una memoria presente que ha llegado el verano. En este lugar del mundo hay criaturas que trenzan y traman un carácter complejo donde Dios regala cada año su ternura y alegría en un panorama cuando se reafirma y una vez más esparce su Espíritu al anunciar que llegó el verano.