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Opinión

Liderazgo en salud. ¿Está formando el sistema médicos capaces de dirigirlo?

José J. Vergara Díaz
José J. Vergara Díaz
Columnista
25 de marzo de 2026

En América Latina seguimos atrapados en una idea infantil de liderazgo; creemos que es una cualidad individual, casi heroica, que aparece mágicamente en algunos médicos "destacados", a veces se cree que ser un influencer de la salud es ser un líder para el sistema. El liderazgo en salud no es un rasgo personal, es un proceso colectivo orientado a transformar sistemas y mejorar el bienestar poblacional.

Estamos formando médicos para brillar en consulta o en el quirófano, pero no para sostener ni mejorar el sistema donde trabajan. La educación médica en Colombia, y en buena parte de la región, sigue obsesionada con diagnósticos, guías clínicas y procedimientos. Todo eso importa, pero no es suficiente. El sistema de salud no falla solo por desconocimiento biomédico, falla por incapacidad de coordinación, por fragmentación, por ausencia de visión sistémica. Eso no se arregla con más especialistas, sino con mejor liderazgo. También hemos confundido liderazgo con cargo. Creemos que quien tiene una jefatura lidera, y quien no la tiene, no. El liderazgo no depende de la posición jerárquica, sino de la capacidad de influir, articular y movilizar actores hacia objetivos comunes. Lo que abunda en el sistema colombiano son gerentes que administran recursos sin transformar nada, y clínicos con criterio que nunca participan, o no quieren participar, en decisiones estructurales. Hay que entrenar habilidades que hoy son marginales en los currículos: comunicación efectiva, trabajo interprofesional, pensamiento crítico, adaptabilidad, ética aplicada y, sobre todo, comprensión del sistema como un todo. Nada de esto es accesorio, es lo que determina si un hospital funciona o colapsa, si una red se coordina o se fragmenta, si una política pública se implementa o se queda en PowerPoint. No se trata solo de mejorar la atención individual, sino de intervenir en los determinantes sociales, de trabajar con comunidades, de asumir responsabilidad sobre el bienestar colectivo. Esto choca frontalmente con el modelo actual, donde el médico opera como un técnico de enfermedad dentro de una estructura que premia volumen, no valor. No se puede seguir hablando de redes integradas, pagos por valor o sostenibilidad del sistema si el talento humano no tiene capacidades reales para liderar procesos complejos. Sin liderazgo, la interoperabilidad es un software inútil, la atención primaria es un eslogan y la gobernanza es una simulación. Los resultados son los que ya conocemos, sistemas que crecen en complejidad, pero no en efectividad, profesionales cada vez más especializados, pero menos capaces de coordinarse, y pacientes atrapados en trayectorias fragmentadas. El sistema de salud no está en crisis solo por falta de recursos o de conocimiento, está en crisis porque, además, quienes lo operan no fueron formados para liderarlo. Seguir graduando médicos técnicamente impecables, pero sistémicamente ciegos no es un error académico, es una falla estructural que el sistema ya no puede seguir sosteniendo, y mientras no se corrija, todo lo demás (reformas, modelos, discursos) será apenas ruido.