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Opinión

Libros prohibidos

Álvaro Bustos González*
Álvaro Bustos González*
Columnista
28 de enero de 2024

El arte, espejo de la condición humana, se enfrenta a la censura. En EE.UU., prohíben libros por racismo, mientras la "progresía" prefiere mascotas a la literatura.

Por Álvaro Bustos González Si algo justifica la existencia de la literatura, y de las artes en general, es la posibilidad de conocer la naturaleza humana. Si el hombre no tuviera una latente proclividad hacia el mal, no existirían las religiones, la filosofía ni la moral. Eso de que la mayoría somos buenos no es cierto, aunque es indudable que, tanto en el bien como en el mal, existen gradaciones. Esa condición humana, que algunos enaltecen y otros execran, capaz de hacer cosas maravillosas y horrendas, nunca se halla mejor expresada que en las historias de los cuentos y novelas, ni nunca es más tangible que en la pintura, la escultura o la música. Ahí está todo, lo sublime y lo nefando, lo glorioso y lo ridículo, y por eso el arte, con su escalpelo inclemente, es odiado por los poderosos, cuya soberbia no es capaz de tolerar la crítica o la burla, porque el poder, cualquiera que él sea, está hecho de fatuidad, purulencias y rencores. Hoy vemos sin asombro que, en algunos estados de los Estados Unidos, han prohibido la lectura de 5.800 libros porque, según los censores, ellos albergan juicios racistas o tratos discriminatorios, considerándose que es inapropiado decirle a alguien negro, aunque sea con cariño, o gordo tocineta, aunque se trate de una tomadura de pelo. Los libros prohibidos han existido siempre, y durante la Inquisición el rimero de estos llegó a ser escandaloso. Los poseedores de la verdad en cualquier ámbito de la vida abundan, pero ahora los argumentos, más que arbitrarios, son estúpidos: todos giran alrededor de las utopías posmodernas que han sembrado sus reales en las universidades canadienses y norteamericanas en las que, sin ningún reato de conciencia, se pretende hipersexualizar a los niños mientras les impiden leer El guardián entre el centeno y Las aventuras de Huckleberry Finn. El consuelo podría consistir en recordar que a Gustave Flaubert le reprocharon acremente que hubiera utilizado para su clásica obra (Madame Bovary) la vida de una mujer adúltera, mientras él alegaba que sólo pretendía buscar "el alma de las cosas"; pero el desconsuelo habrá de surgir del hecho, ya protuberante en nuestros días, de que las mascotas, convertidas en antidepresivos, pueden entrar con sus dueños a las universidades y a las unidades de cuidados intensivos con el apoyo de la intelligentsia reinante, inclusiva con el "progresismo", mas no con la literatura. Decano, FCS, Unisinú -EBZ-.