Libre desarrollo de la personalidad
La Constitución de 1991, al consagrar el libre desarrollo de la personalidad, socavó la educación. Limitaciones y contradicciones emergen, reduciendo la educación a instrucción y mediocridad.
Por: Armando Martínez Los constituyentes de 1991 consignaron en el artículo 16 de la nueva carta fundamental un nuevo derecho de las personas: el libre desarrollo de su personalidad. Sin proponérselo, afectaron gravemente la posibilidad de la actividad educadora. El término educación procede de la palabra latina educativo, que es una sustantivación del verbo educare: la acción de conducir a alguien. Quien conduce era llamado pedagogo, referido a la persona que guía a un niño. A ese derecho, el constituyente solamente le interpuso dos limitaciones: las que imponen los derechos de los demás y el orden jurídico vigente. Pero no interpuso la principal limitación de ese derecho: la educación. Nicolás Gómez Dávila lo advirtió en uno de sus escolios: educar al hombre es impedirle la “libre expresión de su personalidad”. La relación contradictoria de la autonomía de las personas con la actividad de educar es problemática: por una cara, la educación tiene que obstaculizar y encauzar la autonomía de las personas; por la otra cara, la autonomía del ciudadano de la modernidad tiene que fundarse en la educación recibida para imprimir carácter a su personalidad. Para completar la destrucción de la actividad educadora, el artículo 67 de la Constitución redujo la educación a dos dimensiones: un derecho de las personas y un servicio público con función social. Solo quedó en pie la instrucción: cuerpos de conocimientos adquiridos y las reglas para sus fines prácticos. El ministerio del ramo debería entonces llamarse Ministerio de Instrucción Pública. La miseria de la enseñanza tiene un origen constitucional, pues la palabra disciplina fue proscrita, el conocimiento es calificado de “fascista” y el estudio juicioso despreciado por “elitista”. La universalidad del acceso solo garantiza la mediocridad y la degradación de la escuela. La universidad pública ya no es sino un rito de paso al siguiente grupo de edad, ajena a la exigencia académica, con sus rituales necesarios: participación en protestas, reivindicaciones de todo lo imaginable, escraches, anticapitalismo y antiestatismo de salón. Un mundo de consignas no debatibles, de repetición de rituales ideológicos, de los mismos signos políticos, de cancelación de las voces opositoras y resistentes. Una escuela basura.