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Opinión

Lecturas y relecturas

Álvaro Bustos González*
Álvaro Bustos González*
Columnista
30 de junio de 2024

Un relato enigmático de Alessandro Baricco, sobre un pianista que nunca pisó tierra, evoca reflexiones sobre la vida y la música. La pieza se conecta con otras obras sobre el amor, la distancia y la creación literaria.

Por Álvaro Bustos González Apaciguados los tremores de la feria, idos los estudiantes a su descanso de mitaca y ensombrecido el horizonte por las nubes cargadas que presagian la fecundidad de la lluvia, generando un clima apacible y acogedor, me dispuse a leer un enigmático relato de Alessandro Baricco (Novecento), que describe la vida de un niño que fue hallado a los diez días de nacido en una caja sobre el piano de un barco, el Virginian, que hacía la ruta entre Europa y Norteamérica y viceversa durante el periodo de entreguerras del siglo pasado. Ese niño, que vivió y creció sin haber puesto jamás los pies en tierra firme, dedicado a tocar prodigiosamente el instrumento que le sirvió de cuna frente al mar, extrayéndole notas y cadencias únicas, tuvo un duelo nocturno a piano limpio con Jelly Roll Morton, el inventor del jazz, que le permitió ascender, como por inercia, a unas alturas inaccesibles en las que sólo se puede tocar la música blanca, esa cuyos sonidos y armonías poseen una suavidad y unas resonancias casi imperceptibles, como las de los sueños en la lejanía. Yo había leído Seda, de Baricco, la historia de Hervé Joncour, quien, a mediados del siglo XIX, saliendo de Francia, llegó al Japón en busca del gusano de la seda para armar con él una compraventa y mejorar el nivel de vida de su familia. En oriente, sin embargo, Joncour no sólo topó con el gusano que buscaba sino que se enamoró de la esposa del rico comerciante que lo atendía, sin que ella lo rechazara. Lo que siguió fue una mezcla de deseos y ansiedades cubiertos por la distancia y el silencio (dicen que el silencio es una sabiduría en sí mismo), que sirvió de manto a aquella pasión inconclusa. Ya bajo el recuerdo del amarillo encendido de los Ginkgo japoneses, me dispuse a releer La casa de las bellas durmientes, de Yashunari Kawabata, que inspiró las memorias prostibularias de García Márquez, descubriendo otra vez la magia del arte cuando se refiere al trasfondo del alma humana. Aquel burdel para ancianos, con sus habitaciones sombrías, ambientadas con el carmesí espeso de unas cortinas herméticas, albergando los cuerpos inermes de unas jovencitas narcotizadas y los anhelos perdidos del viejo Eguchi, es un paradigma de la creación literaria, no por su breve extensión, sino por las trémulas verdades que encierra la ilusión de vivir. Decano, FCS, Unisinú -EBZ-.