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Opinión

Lecturas en un laberinto

José Arturo Ealo Gaviria
José Arturo Ealo Gaviria
Columnista
20 de enero de 2025

Un poeta peculiar protegía sus libros con naftalina, contrastando con la efímera lectura actual. Reflexiona sobre el valor del libro y su envejecimiento, frente a la fugacidad de la era moderna.

Por José Arturo Ealo Gaviria Hace muchos años y cuyo nombre no he de acordarme, conocí a un poeta que espolvoreaba sus libros con naftalina para alejar la agresión de las polillas. Los envolvía con forros tesos de plástico o con papel manteca, encerado o de parafina que usan en repostería para envolver bizcochos con estrellas, oseznos y claveles, absurdos muchas veces con las esencias del texto. Sus libros eran los objetos asépticos de un ritual majadero en el sagrario monótono de una librería muy bien reglamentada, dispuesta en orden impecable. Las obras que exhibía conservaban siempre el mismo aspecto insulso de los recién comprados. Este personaje, algo peculiar, lector dedicado y severo, a pesar de todo, leía sus libros entornándolos, como quien perpetra una indiscreción o quien se asoma a husmear por una puerta entreabierta a una habitación privada. No era de su agrado prestarlos. Temía que se los abrieran —me decía—, como si hablara de una novia. Sus libros son para gatearlos —le dije yo. Era un hombre honrado. Estuvo de acuerdo. A mí me gustan mis libros con huellas del afecto que me merecieron. Algunos de ellos envejecen bien como ciertas personas. Más aún los de los tipógrafos de antes, los hechos cumpliendo un apostolado, por una necesidad del espíritu, no por un deseo empresarial, cosidos con firmeza, con buenos hilos, impresos casi siempre en papeles con tendencia al amarillo. Con el paso de los años adquieren una nobleza que los valoriza, les da cierto prestigio. Y hoy, en esta civilización de abundancia, las imprentas arrojan millones de libros todos los días. Pero también cada día los libros son más escasos, merecedores de un afecto duradero. Los de venta en supermercados cuyo fin es entretener un fin de semana para que no se haga eterno se leen pensando en otra cosa. Después se arrojan en los basureros del olvido, como esas personas que se confabulan o se hacen cómplice durante un trecho en un vuelo de excursión, y al bajarse en su aeropuerto que jamás coincide con el otro dejan el recuerdo de un abejorreo insustancial que se aleja. Yo acudo a los libros para leerlos a solas en mi casa, vestido de cualquier manera o como Dios me envió al mundo y que por razones fisiológicas me levanto a echar bendiciones. La escritura guarda su memoria. Uno de los derechos humanos es el derecho a la privacidad. Mientras, se acaba el mundo.