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Opinión

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José Arturo Ealo Gaviria
José Arturo Ealo Gaviria
Columnista
27 de marzo de 2023

Desde mitos ancestrales a la geología moderna, la comprensión de los terremotos ha evolucionado. Las placas tectónicas y su movimiento son clave para entender estos fenómenos naturales.

Por José Arturo Ealo Desde tiempos remotos el hombre ha buscado la forma de comprender y explicar la causa de los terremotos que, como tal, es un fenómeno natural. En ese afán se han creado leyendas, mitos y una serie de argumentos que van desde el descanso de nuestro planeta sobre alguna criatura, hasta considerar que los temblores dependen del estado de ánimo de dioses mitológicos. Hace 200 millones de años existía un sólo supercontinente: Pangea. Se fragmentó hasta formar el estado actual de la Tierra, formada por bloques denominados placas tectónicas. Pueden ser Continentales u Oceánicas. Se mueven entre sí sobre la astenosfera, capa de rocas más blanda y viscosa por efecto de corrientes que se originan en el interior de la Tierra. Este fenómeno se asemeja al que ocurre en un líquido cuando se calienta. La lava fluye hacia el exterior. El magma se extiende sobre el fondo marino donde se enfría y solidifica. Forma nuevo suelo en ambas direcciones haciendo que las placas se alejen. Una desciende bajo otra al chocar frontalmente. Allí, la placa que se sumerge se transforma gradualmente, por efecto de las altas temperaturas en el interior de la Tierra, hasta que se funde y mezcla con rocas más profundas. Se origina un sistema volcánico que proviene del material fundido que sube a través de fracturas en la corteza. Cuando una masa de estas continental impacta con una oceánica, aumenta de espesor. Ocurre un movimiento relativo entre esas dos estructuras con roce en la falla. Estas pueden situarse en la litosfera oceánica como en la continental. Tal es el caso de la falla de San Andrés que separa las placas de Norteamérica con la del Pacífico. Sucede una colisión entre dos capas continentales hasta formar un solo bloque, produciéndose grandes montañas debido a la enorme presión. La interacción que se origina por el movimiento entre las dos conlleva a una acumulación de esfuerzos en la corteza, que al momento de superar la resistencia elástica de la roca se produce la fractura de la misma. En este proceso ambos lados de la fractura se mueven y se ubican en lugares con menor esfuerzo. La energía acumulada es disipada como calor, y en menor cantidad es irradiada en forma de ondas elásticas que se propagan en todas direcciones a partir de la zona de ruptura llamada foco o hipocentro, haciendo vibrar la superficie terrestre. Se llama sismo o temblor. La Tierra emite un microsismo cada 26 segundos.