
Las plazas se vuelven a llenar

Se están saturando las redes sociales con imágenes que parecen haber sido guardadas durante 4 años en las estanterías del olvido, desempolvadas y puestas a rodar nuevamente. Pero no son escenas antiguas, son simples repeticiones que, como un déjà vu, regresan a nuestra mente cada vez que hay elecciones parlamentarias.
Las plazas se vuelven a llenar de almas crédulas, las banderas ondean y los puños se alzan en señal de lucha. Entran los políticos como si atravesaran una alfombra roja en el estreno de una película en la que ellos son los protagonistas, y la gente les abre paso entre aplausos, vítores, apretones de mano, besos y abrazos que transmiten cariño, emoción y mucha ilusión. Ya en tarima son las promesas de catálogo las protagonistas; se jura y se perjura que no habrá olvido ni abandono ni traición y que el mandato sagrado del pueblo será honrado. Y entonces, los aplausos, que a ellos les gustaría que se convirtieran en votos, se multiplican con la voz alegre de un discurso ardiente, lleno de compromisos y calculado al milímetro para convencer, para sembrar esperanza. Son predicadores de ilusiones, sermoneadores que dibujan un futuro que todos compran de inmediato; son poetas por encargo que dibujan con las palabras justas y adecuadas lo que la multitud sueña, lo que el pueblo anhela. Usan la esperanza como anzuelo para pescar votos y lealtades, y la palabra pueblo como manto con el que se arropan y se cubren para alcanzar la gloria. Pero como dice la filosofía corroncha: "Ese cuento es viejo, papá", y todo el mundo lo sabe. Las promesas se desechan por privilegios y por cuotas burocráticas. Los proyectos se olvidan mientras se discuten y pactan alianzas. Y los deseos del pueblo son cambiados por los intereses privados. En cada nueva elección se pone a prueba la fe del pueblo, las promesas recicladas vuelven a aparecer, las calles se llenan de alboroto y de muestras de afecto que transmiten una cercanía que, pasada la elección, se diluye. Por fortuna, también hay excepciones. Candidatos que no se olvidan de sus promesas, que cumplen su papel de representantes del pueblo, que llevan la voz de las comunidades al congreso y que legislan por un país más justo, más próspero y menos desigual. Elijamos bien a quienes serán nuestros congresistas, votemos por los nuestros, pero por los que en verdad lo merecen.