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Opinión

Las mentiras del presidente Petro y los datos sobre salud

José J. Vergara Díaz
José J. Vergara Díaz
Columnista
22 de julio de 2026

Los datos "hablan" cuando se interpretan correctamente, esa interpretación exige método, contexto y rigor. Cuando cualquiera de esos elementos desaparece, las cifras dejan de ser evidencia para convertirse en palabrería. Eso es precisamente lo que ha ocurrido con la reciente presentación del presidente Gustavo Petro, en su discurso del 20 de julio en la instalación del nuevo congreso, sobre resultados en salud y el impacto de los Equipos Básicos de Salud (EBS).

La controversia gira alrededor del principio científico de comparar números absolutos de muertes entre distintos años para concluir que una política pública salvó vidas, eso es, desde el punto de vista epidemiológico, una afirmación insostenible. Las poblaciones cambian, nacen menos niños, envejecen los habitantes, migran comunidades y se modifican los perfiles de riesgo. La epidemiología utiliza tasas, razones e indicadores ajustados, nunca simples conteos. Más preocupante aún resulta atribuir causalidad directa a una estrategia sin haber diseñado previamente un modelo de evaluación. No es posible afirmar que un programa produjo determinado efecto únicamente porque ambos ocurrieron al mismo tiempo. Correlación nunca significa causalidad, esa lección debería estar suficientemente aprendida después de la pandemia. Paradójicamente, Colombia fue ejemplo de cómo evaluar intervenciones sanitarias. Se publicaron en revistas científicas internacionales estudios sobre la efectividad de las vacunas contra Covid-19 y sobre muertes evitadas gracias a la vacunación. Cuando existió interés por demostrar impacto, se construyeron protocolos con definición de indicadores, se ajustaron variables de confusión y los resultados fueron sometidos al escrutinio de pares académicos. Es el estándar científico. Con los Equipos Básicos de Salud ocurrió exactamente lo contrario. Después de una inversión cercana a 6,8 billones de pesos, el país no conoce una evaluación independiente, robusta y metodológicamente sólida que permita estimar su verdadero efecto sobre mortalidad, acceso, prevención o equidad. Lo que existe son power points institucionales, afirmaciones politiqueras y gráficos que, según varios epidemiólogos reconocidos, utilizan indicadores inapropiados para sostener conclusiones extraordinarias. La epidemiología pierde credibilidad cuando guarda silencio frente a graves errores metodológicos porque quien los comete coincide con sus afinidades políticas, o cuando exagera los mismos errores dependiendo del color ideológico del responsable. Por eso celebro las palabras de Silvana Zapata, presidenta de Asocepic, exigiendo coherencia y cordura. La ciencia exige la misma severidad para todos. Los datos públicos pertenecen a los ciudadanos. Son la materia prima con la que se diseñan políticas, se asignan recursos y se toman decisiones que afectan millones de vidas. Manipularlos, simplificarlos o presentarlos fuera de contexto deteriora la confianza en las instituciones técnicas encargadas de producir evidencia. La salud pública necesita menos propaganda y más evaluación. Menos diapositivas y más publicaciones. Menos cháchara y más indicadores correctamente construidos. Los gobiernos pasan, pero las malas decisiones basadas en interpretaciones erróneas pueden permanecer durante años. La epidemiología fue creada para acercarnos, con la mayor objetividad posible, a la verdad de los hechos. Esa verdad se obtiene midiendo correctamente el riesgo, evaluando intervenciones y permitiendo que la evidencia, no la conveniencia, sea la que tenga la última palabra.