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Opinión

Las furias del Sinú

Miguel Mercado Vergara
Miguel Mercado Vergara
Columnista
20 de febrero de 2026

La furia del río Sinú simboliza una calamidad que enciende las alarmas hacia los tiempos venideros. La tragedia vivida por la inmensa comunidad que la padece se proyecta al resto del país y toca las puertas de todos los sectores de una sociedad que no puede seguir tranquila y silenciosa frente a una amenaza que en cualquier momento vuelve a ser real y con posibilidades de mayor alcance.

Se sabe que la tormentosa riada configura un evento de la naturaleza de fuerza mayor con poca o ninguna capacidad humana para detenerla, por lo que hacer inculpaciones o señalamientos en particular resulta necio. No obstante, como ya lo han señalado voces autorizadas, se cruzan una serie de hechos asociados a la mano destructora del hombre que, sumados, facilitan la consumación del desastre natural. Pero aquí es cuando el Estado o las acciones institucionales u oficiales tienen que actuar con prontitud y severidad para reconstruir, al lado de una sociedad integrada y dispuesta, todo cuanto sea necesario para evitar que mañana la furia del río Sinú prosiga castigando la depredación forestal y ambiental provocada por manos codiciosas. La tarea reconstructora no es fácil. Se necesita ciencia, tecnología, tiempo y dinero. Además, conciencia de todos los estamentos sociales y políticos, especialmente estos, para entender que vivimos una calamidad pública que arruina y empobrece sin piedad y por igual. Como tragedia colectiva, estamos ante la urgencia de emprender una lucha común y solidaria. La disputa de grupos, banderas, partidos e ideologías por estos tiempos eleccionarios no puede ser motivo para entender la dimensión de esta catástrofe. Por el contrario, la democracia que rige nuestra vida institucional se fortalece si toda la integración popular y social se cohesiona y se encamina en una misma dirección hacia la búsqueda del anhelado bienestar común. Toca decir que esos golpes obligan a sumar esfuerzos y voluntades. Es en las dificultades donde la cohesión humana se hace más indispensable y necesaria, especialmente cuando acecha un peligro que no distingue grupos ni estratos ni tiene señalado el tiempo en que puede retornar. Los distanciamientos en estos aciagos momentos tienen que desaparecer. Es la hora sí de dimensionar la tragedia y emprender los mecanismos encaminados a concretar fórmulas y acciones específicas que conduzcan a una solución que reduzca o elimine los efectos de esos desastres.