
Las dos Colombia

Es tal la fractura que padece el país que el desarrollo de los acontecimientos de los últimos meses deja al descubierto la existencia de dos Colombia. Una es la que ha salido a las calles para respaldar las acciones e iniciativas del gobierno y otra la que se ha volcado también a las calles y plazas a protestar por el vil atentado de que ha sido víctima el senador Miguel Uribe Turbay. En ambas, los ríos humanos son innegables.
Es tal la fractura que padece el país que el desarrollo de los acontecimientos de los últimos meses deja al descubierto la existencia de dos Colombia. Una es la que ha salido a las calles para respaldar las acciones e iniciativas del gobierno y otra la que se ha volcado también a las calles y plazas a protestar por el vil atentado de que ha sido víctima el senador Miguel Uribe Turbay. En ambas, los ríos humanos son innegables. El hervidero de ideas, las expresiones altisonantes, las diatribas incendiarias, los comentarios insidiosos, las posiciones políticas enconadas, todo de lado y lado, suscitan un ambiente de crispaciones que para nada sirve a la salud de la nación. Al contrario, dada la carga negativa que semejante animosidad engendra en el alma nacional, nuestra suerte como sociedad se estremece y tambalea. ¿Cuál es la fórmula para salir de semejante atolladero? Compleja y difícil la respuesta a este interrogante que todos nos hacemos. Es entendible que ninguna de las dos partes en que está fracturada Colombia se resista a ceder. Pero hay un punto neurálgico en el que la Colombia unida, la Colombia compacta y fortalecida sabemos que está totalmente de acuerdo y es en la idea de que todo vale en pos de que no haya violencia. De que aquí en nuestro suelo, a pesar de los detestables episodios de sangre ocurridos en los últimos meses y semanas y que todos conocemos, nadie está dispuesto a permitir el retorno a las noches y días que ensombrecieron la tranquilidad nacional. Si fuimos capaces de hallar la fórmula para sobreponernos al encono partidista que se gestó como consecuencia de la disputa entre las viejas banderas roja y azul, hoy tenemos que contribuir, en esfuerzo mancomunado, para que la mala hora de estos tiempos se supere. Esa antigua división protagonizada por Santanderistas y Bolivarianos originada en el siglo XlX y que es el germen del pugilato entre liberales y conservadores es un capítulo de nuestra historia saldada gracias a la altura de una dirigencia que supo entender que el destino de Colombia no es la violencia. Hoy se aguarda con esperanza que los protagonistas de la vida institucional del país encuentren el camino seguro para evitar nuestro fracaso como sociedad civilizada.