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Opinión

Las costumbres de ahora

Rafael Hernández Mestra
Rafael Hernández Mestra
Columnista
17 de diciembre de 2024

Las costumbres de hoy, en constante cambio, contrastan con las del pasado. Opiniones divididas entre tradición y progreso chocan con la superficialidad actual.

Por Rafael Hernández Mestra Siguiendo con la promesa de no escribir en este mes de diciembre sobre temas políticos o de escándalos, nos referiremos a las costumbres de hoy en día, ya que las costumbres pasadas poco a poco se han ido perdiendo. Sobre el concepto de costumbres las opiniones siempre han estado divididas. Para algunos constituyen patrimonio digno de resguardarse en cofre de oro. Para otros representan lastres que obstaculizan el progreso. San Agustín y Pascal pensaban que la costumbre es una segunda naturaleza. Giraldín, por su parte, creía que no era indispensable hacer leyes, sino buenas costumbres. Contrario a esos pareceres, Balzac opinaba que las costumbres son la hipocresía de las naciones. Y Ramón y Cajal, compartiendo esos criterios, pensaba que la rutina y la costumbre, a menudo imponen los actos más absurdos. Lo cierto es que lo establecido en el paso del tiempo condiciona criterios y conductas que adquieren valores representativos de una determinada organización social. Y eso no significa que la tradición y la usanza deben ser impermeables a las circunstancias y a la permanente dialéctica que la dinámica de la existencia supone. Porque, en verdad, a nuestro entender merece un poco de análisis, es todo ese ramillete, un tanto negativo, de la imitación, que involucra la dependencia cultural y la superficialidad de las modas. Ahora, por ejemplo, se comete la indelicadeza o la ordinariez de que cuando se invita a un matrimonio o cumpleaños, ya en la tarjeta se exigen los regalos a indicar dónde deben comprarse o utilizan la modalidad de "lluvia de sobres". Y, como si todo eso fuera poco, al decir del chapulín, a los menos se les recuerda su segunda categoría a través de la simple tarjeta de participación. ¿Y qué decir de las jovencitas, con sus pantaloncitos calientes, como en un eterno veraneo playero, y rotura en los pantalones por todas partes? ¿Y qué decir de los vecinos que no contentos con escuchar la música para sí, colocan el "equipo" para que no solo los vecinos escuchen a las buenas o a las malas, sino para que oiga toda la cuadra? Como añoramos a Carreño, el de la urbanidad. Aquí recordamos con nostalgia a Cicerón para exclamar: ¡oh tiempos!, ¡oh costumbres!