
La verdad tardía: la absolución del coronel Plazas Vega y la justicia en contravía

La absolución del coronel Plazas Vega en Colombia, tras años de acusaciones, es una reivindicación y una llamada a la reflexión sobre la justicia. Un caso que revela la manipulación de la memoria histórica.
Por Silverio José Herrera Caraballo En un país donde la memoria histórica se ha distorsionado hasta límites insospechados, la reciente absolución en segunda instancia del coronel Alfonso Plazas Vega constituye no solo una reivindicación personal y profesional, sino también una oportunidad para reflexionar con seriedad sobre el rumbo de la justicia colombiana. Han pasado décadas desde aquel trágico 6 y 7 de noviembre de 1985, cuando el grupo guerrillero M-19 irrumpió en el Palacio de Justicia en Bogotá, dejando tras de sí una estela de muerte, dolor y destrucción institucional. Y, sin embargo, durante años la narrativa dominante no apuntó contra los responsables del ataque terrorista, sino contra quienes, cumpliendo su deber, arriesgaron su vida para restablecer el orden constitucional. El coronel Alfonso Plazas Vega fue uno de ellos. A cargo de la recuperación militar del Palacio, lideró una operación sin precedentes en un escenario urbano complejo y bajo fuego enemigo. Lo hizo bajo órdenes del mando institucional y con el objetivo de rescatar a los rehenes y proteger la estructura del Estado. Pero lo que debía ser un símbolo de defensa democrática se convirtió, con el tiempo, en el epicentro de un proceso judicial marcado por la politización y el populismo jurídico. El coronel fue acusado, condenado y señalado como responsable de desapariciones forzadas que nunca pudieron comprobarse con certeza. Hoy, con la absolución definitiva, queda al descubierto el grave error que durante años empañó su nombre y el del Ejército Nacional. La lucha del coronel Plazas Vega por demostrar su inocencia no ha sido solamente jurídica, sino también moral: una batalla por recuperar la dignidad que le fue arrebatada injustamente, mientras los verdaderos responsables de la masacre (los miembros del M-19) han sido exaltados en la vida pública, celebrados como héroes revolucionarios y hasta recompensados con altos cargos en el gobierno, incluyendo la Presidencia de la nación. Es difícil comprender cómo el general Jesús Armando Arias Cabrales, otro alto oficial de honor, también fue condenado en circunstancias similares, cargando con una responsabilidad que no le correspondía en justicia, sino que le fue impuesta por una sociedad que, presionada por la opinión mediática y ciertos sectores ideologizados, prefirió fabricar culpables dentro de las Fuerzas Armadas en lugar de mirar de frente a los victimarios originales. La ironía es dolorosa: quienes intentaron proteger el Estado de Derecho fueron perseguidos por ese mismo Estado que debían defender. Y hoy, más que nunca, es necesario recordar que, si las instituciones permanecieron en pie, fue gracias al sacrificio de muchos soldados y oficiales que no dudaron en arriesgarlo todo, incluso su libertad, por la democracia. El Ejército Nacional de Colombia merece un lugar de respeto en la memoria colectiva, no una condena infundada basada en ficciones históricas. La absolución del coronel Plazas Vega no borra los años de injusticia, pero sí permite restituir parcialmente su honor. No es un triunfo personal únicamente, sino un acto de reparación hacia las Fuerzas Militares. En un país que se debate entre el olvido y la tergiversación, defender la verdad se convierte en un deber moral. Y esa verdad nos recuerda que no todos los que portan uniforme son verdugos, ni todos los insurgentes merecen laureles. La historia debe contarse completa, con sus matices, pero, sobre todo, con justicia. 40 años después la justicia colombiana le da la razón al coronel Plazas Vega, pero el daño ya está hecho, pero él en su honor de Soldado, podrá seguir mirando a los ojos sin remordimiento a todos aquellos que lo acusaron en especial a la actual Ministra de Justicia, quien otrora fue la Fiscal que lo persiguió y lo acusó. Coletilla: "Primero fue Ejército que República" es una frase que ha trascendido en la historia, pero para infortunio del soldado, parece que muchos no la han entendido.