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Opinión

La venganza del Sinú

Valmiro Sobrino Oliveros
Valmiro Sobrino Oliveros
Columnista
20 de febrero de 2026

Gerardo Reitchel Dolmatof, de la Sorbonne, Universidad de París y de Cambridge, miembro de la Academia Estadounidense de las Artes y las Ciencias, docente en California University, es el más grande antropólogo, etnólogo e investigador social que ha habido en Colombia, dedicado 40 años a la investigación de las etnias indígenas y de la prehistoria del país. Hizo en 1957 estudios sobre la etnia zenú. En una conferencia en la Universidad Nacional dijo refiriéndose a ellos: "Encontré una organización social y política de gran complejidad, un manejo acertado del medio ambiente basado en conocimientos bien fundados".

Los zenúes habitaron durante 1400 años en una cuenca hidráulica del valle de los ríos Sinú, San Jorge, Nechí y parte del río Cauca en un vasto geomundo de la costa caribe de Córdoba y Sucre hasta Ayapel y Caucasia, de ahí hasta las inmediaciones de Mompóx y La Mojana, en medio de inmensos cuerpos de agua: ciénagas de Purísima y Lorica; Ayapel; Betancí y muchos cuerpos de agua menores. Fueron una sociedad hidráulica que construyó canales para que las aguas fluyeran naturalmente; nunca se inundaron ni se ahogaron porque vivían hermanados con una naturaleza que respetaban y que les prodigaba todo en demasía.  ¡Eran felices! ¡¡Era una cosmogonía maravillosa!!  Cuando llegaron "los blancos" hace unos dos siglos y medio, empezó un proceso de colonización perverso, Y los canales naturales de los caños que drenaban el agua de los ríos fueron cerrados con terraplenes. Parte de las grandes ciénagas empezaron a disecarlas para ganar tierras para ganadería; construyeron jarillones a todo lo largo del bajo Sinú de Cereté, Ciénaga de Oro Y San Pelayo y más allá hasta los mismos contornos de los asentamientos indígenas de Córdoba, Sucre y el San Jorge. En un proceso lento pero sistemático e ininterrumpido de casi tres siglos, lo que era agua quedó convertido en tierras agrícolas y ganaderas. Los cuerpos de agua que disecaron son los reservorios naturales que sirven de pulmón a los grandes ríos que actúan como cámaras de seguridad contra las inundaciones. Hicieron ese enorme daño y ahora el río cobró venganza. Y no se equivoquen; los ríos volverán a hacer estas inundaciones con Urrá, sin Urrá o contra Urrá, porque los ríos no se pueden tragar su propio agua. Y después no valen más lamentos ni oraciones; la naturaleza no podemos violentarla. Y algo parecido, pero de otra manera, hicieron en los asentamientos urbanos: tierras lacustres del contorno urbano de Montería convertidas en barrios residenciales destinados de por vida a vivir bajo el agua, que necesitan hoy repensarlos con responsabilidad. O el río volverá algún día nuevamente a demostrarles que la naturaleza no puede violentarse.