
La valentía de escribir

"Escribir en estos tiempos es un acto de valentía". Palabras más, palabras menos, así lo expresó Pompilio Silva Sánchez, director del medio de comunicación Nortevisión, al término de una jornada literaria y académica en Unisinú hace unos días.
Y no le falta razón. Mucho se ha insistido —hasta el cansancio— en la importancia de la lectura y en la necesidad de fomentarla en distintos grupos etarios. Sin embargo, poco se dice sobre la urgencia de promover la escritura en todos los niveles. Se sigue escribiendo, sí, y los libros continúan apareciendo. Pero también crece cierto recelo: asistimos, casi pasivamente, a la sustitución de las páginas por alternativas tecnológicas que pretenden reemplazarlas. Audiolibros, videos interminables y otros artilugios que, con la excusa de que hoy somos "más visuales" y tenemos menos tiempo, desplazan el ejercicio de escribir por el de hablar frente a una cámara y publicar estos videos, muchas veces sin ningún tipo de curaduría. Sí, escribir es un acto de valentía. Y hacerlo con garbo, aún más. No se trata de producir, con ayuda de la inteligencia artificial, diez mil trinos para X —antiguo Twitter— ni de enfrascarse en disputas con trolls en redes sociales. Nos referimos a los libros: esos valiosos instrumentos que, desde tiempos inmemoriales, han sido las herramientas más eficaces para transmitir y preservar el conocimiento. Por eso admiramos la valentía de los autores que compartieron sus obras con un nutrido público en la reciente jornada literaria en Unisinú. Por un lado, el economista Darío Alfaro Tamariz, quien presentó Mi quijotesca lucha contra la injusticia, la corrupción y la pobreza, su ópera prima. En ella narra, en una primera parte, episodios de su vida que evidencian su integridad y firmeza de convicciones; y en la segunda, propone —a manera de vademécum— soluciones a problemas estructurales del país desde su experiencia personal. Por otro lado, Rafael Garzón Saladen, ya conocido por los lectores de El Meridiano y otros medios, presentó dos de sus amenos libros: Sentencia X y El alcalde que no robó. Textos de prosa ágil que se leen en un santiamén, pero que dejan resonando preguntas durante días. Especialmente el primero, donde plantea situaciones cotidianas y verídicas que invitan al lector a tomar decisiones que, en última instancia, lo interpelan. Hacemos votos para que la escritura —y en especial la de libros— le gane el pulso a las tendencias. Que persista la valentía de llenar páginas en blanco con ideas, conocimientos y propuestas que aporten al desarrollo humano, ya sea educando, deleitando, sorprendiendo o informando.