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Opinión

La tormenta epidemiológica de Semana Santa

José J. Vergara Díaz
José J. Vergara Díaz
Columnista
1 de abril de 2026

La alerta de Semana Santa emitida por la Asociación de Epidemiología de Colombia -Asocepic- es, en términos estrictos, la radiografía de un sistema sanitario que vuelve a enfrentar su mayor debilidad estructural, que parece no anticiparse cuando el riesgo es evidente.

El documento no deja espacio para interpretaciones complacientes. Colombia entra en un periodo de alta movilidad con una confluencia epidemiológica poco frecuente: fiebre amarilla con expansión geográfica y letalidad elevada, sarampión en franca reemergencia regional, dengue en brote activo, tosferina golpeando a lactantes y un incremento estacional de infecciones respiratorias. No son unos eventos aislados; parece una tormenta perfecta. El problema es la gestión. Lo primero que evidencia el comunicado es que seguimos dependiendo de medidas reactivas en lugar de estrategias estructurales. La vacunación aparece, correctamente, como el eje central, pero también como el indicador más claro de falla. Cuando un alto porcentaje de los casos de sarampión en otros países que pueden exportarlos corresponden a no vacunados y la fiebre amarilla sigue afectando principalmente a población sin inmunización tanto en Colombia como en países vecinos, no estamos frente a un problema de acceso exclusivamente, sino de gobernanza, confianza y ejecución territorial. Segundo, el sistema sigue fragmentado en su respuesta. El llamado a la articulación entre Crues, IPS y atención prehospitalaria no debería ser una recomendación extraordinaria, sino un estándar operativo permanente. Que haya que recordarlo en una alerta indica que no está ocurriendo de forma sistemática. Tercero, el documento deja ver un patrón repetido de subestimación del riesgo clínico temprano. En dengue, por ejemplo, se advierte sobre la mala identificación de signos de alarma; en tosferina, sobre el subregistro en zonas rurales; en infecciones respiratorias, sobre la consulta tardía. Esto es el resultado de una atención primaria con baja capacidad resolutiva y pobre educación al paciente. Ahora bien, lo más crítico no está en la lista de enfermedades, sino en el contexto de movilidad masiva. Semana Santa no solo aumenta el contacto social, sino que conecta territorios epidemiológicamente distintos. Es, en términos prácticos, un acelerador de transmisión. Y el sistema colombiano, históricamente, ha demostrado que no gestiona bien los picos de demanda. Aquí es donde la alerta de Asocepic debería leerse con un lente estratégico y no operativo. No se trata solo de poner puntos de vacunación en terminales terrestres y aeropuertos, o de reforzar mensajes de autocuidado; hay que reconocer que seguimos funcionando bajo un modelo de salud que privilegia la atención del evento sobre la prevención del riesgo. El mensaje final del comunicado es contundente: "Evitar una emergencia ampliada está en nuestras manos". Es cierto y está en manos de un sistema que necesita corregir tres fallas estructurales urgentes: Ejecución territorial débil. Fragmentación operativa. Comunicación del riesgo inefectiva e insuficiente. Si el riesgo se materializa, Semana Santa no va a generar la crisis, va a evidenciarla. ¿Está el sistema dispuesto a dejar de reaccionar tarde?