
La sonrisa del Bombo

Intentaré atrapar en palabras el infinito amor y el profundo dolor que nos convocan, por el silencio de una mujer excepcional llamada María Isabel Bárcena Isaza de Otero, más conocida como Mayito Bárcena y, para este servidor, La Tía Bombo.
Intentaré atrapar en palabras el infinito amor y el profundo dolor que nos convocan, por el silencio de una mujer excepcional llamada María Isabel Bárcena Isaza de Otero, más conocida como Mayito Bárcena y, para este servidor, La Tía Bombo. Nació el sábado 19 de agosto de 1939 en nuestro amado San Marcos del Caribe, en ese entonces municipio de Bolívar. Por aquellos días llegaban por la radio a nuestro pueblo las lejanas noticias de la Segunda Guerra Mundial y se escuchaban durante el día los motores de los aviones comerciales que aterrizaban y despegaban del aeropuerto. Fue la primera hija del matrimonio amoroso de don Leonardo Emilio Bárcena Giraldo y doña Juanita de Dios Isaza Viola, quienes se habían casado un año antes, el 24 de julio de 1938. Desde niña, Mayito Bárcena fue un derroche de energía, nobleza y alegría. Sus ojos vivaces, su cariño sin prejuicios y su regio andar enamoraron a un joven llamado Benjamín Enrique Otero Monterroza, con quien se casó el 26 de julio de 1959, el día de su cumpleaños 25, cuando ella estaba próxima a celebrar los 20. Fruto de este amor inmortal, como el de las novelas románticas, nacieron cuatro amados hijos: Jorge Luis, Enrique Carlos, María Isabel y Marta Cecilia. La vida de la tía Bombo fue ejemplar, tanto por su radiante alegría y su noble vocación de servicio, como por su noción del trabajo y su firme decisión de brindar educación a sus hijos. Con la ayuda del tío Benja, por supuesto. Por asuntos laborales, la familia Otero Bárcena vivió en Sahagún, San Pedro, Montería y la inigualable Cartagena de Indias, donde Tía Mayito tuvo pensión y comensales en La Carbonera y El Jardín, ambas calles del histórico barrio de San Diego. Quienes vivieron en las pensiones de la Niña Mayito pueden dar fe del cariño, la nobleza y la alegría que irradiaba en el día a día. El anecdotario de esos años es rico en sentido del humor, unión familiar y buen consejo. Como aquella vez que, sin darse cuenta y aturdida en las penumbras del amanecer, casi se le sienta en las piernas a un pensionado llamado César, de los Montes de María, que estaba a su vez sentado en el inodoro. "¿Ajá, Mayo?" "¡Ajá, César!", brincó asustada mi tía. Una vez graduadas y casadas mis amadas primas Machi y Martica, mi tía regresó a San Marcos al lado del tío Benja, donde fueron una pareja admirable, ejemplar y distinguida, a pesar de los contratiempos del amor y de la vida. Descansa en paz, amada e inolvidable tía.