
La soledad del caminante

La soledad, compañera del desplazamiento y la pérdida, se manifiesta en diversas formas. Un emotivo homenaje a un padre revela el dolor de la ausencia y la importancia del amor.
Por Olga Bustamante Madrid Escuché esta reflexión: "La soledad del desplazado en su propio suelo, es como la soledad de la vejez en su propio hogar. Este, es caminante que no hace camino al andar, porque sus pasos no son elegidos, son obligados, por quienes creen que su verdad es futuro, sin contar con el presente que los rodea." Sin importar las circunstancias, desplazamiento y soledad van de la mano. Los desplazados de su país, terruño u hogar; los apartados por el bullying, por pensar o ser diferentes; en la ancianidad ante la pérdida de autonomía física y del pensamiento. En algunos, puede nacer otra soledad, potestad de quienes tuvieron la dicha de amar y ser amados verdaderamente, por sus parejas. Un amor compartido desde el interior del alma. En honor al amor profundo, que solo algunos llegan a conocer, me uno al homenaje de una familia, a su padre, transcribiendo, apartes, de las hermosas palabras que le fueron dedicadas en su despedida: "La soledad es una mujer que no está… Mí padre, acá presente, perdió su esposa… Ese día, entró al vacío de su casa sin ella, a la inútil búsqueda somnolienta de su cuerpo en la cama, al silencio de una tarde que no la tenía, al juego invisible de hablarle para traerla… El hombre prudente y de pocas palabras, al que quisimos llenar de alegría cuando ya no podía sonreír, padre al que le pedíamos desear, cuando ya nada le importaba. A este hombre, lo mató la soledad. Intentó sonreír, intentó seguir adelante por nosotros que lo amamos, pero había perdido el fuego primordial, el Prometeo de su corazón: Su mujer. Los hombres tenemos corazón porque una mujer nos lo inventa. Mi madre hizo su trabajo con el de él, se lo vistió del terciopelo de los días felices, se lo protegió de los desastres de la vida, se lo dignificó con los hijos, lo propulsó con los nobles y desinteresados deseos para que latiera más fuerte. Le hizo una barca, le izó las velas y le insufló un viento que lo llevó a través del mar de la vida, juntos atravesaron tormentas, tempestades, pero también días soleados de domingos y canciones cristalinas como el agua de los ríos que a todos nos hicieron felices. El corazón se le fue perdiendo en la soledad de los desayunos sin ella, lentamente se fue consumiendo en el vacío de una habitación vacía… Mi padre lo sabía: "No se puede existir sin corazón, la vida sin amor no vale nada"… Gracias por la lección,… mi maestro de pocas palabras."