
La sociedad del espectáculo

En los últimos años, el ejercicio de la política colombiana ha comenzado a parecerse demasiado a una producción de televisión.
En los últimos años, el ejercicio de la política colombiana ha comenzado a parecerse demasiado a una producción de televisión. No se trata de lo que los funcionarios hagan en su tiempo libre o con su propio dinero —ese es asunto suyo—, sino de cuestionar cuándo, con recursos públicos, el ejercicio mismo de la gestión se transforma en un episodio de reality show, donde la forma importa más que el fondo y la imagen prima sobre los resultados. "El espectáculo, comprendido en su totalidad, es a la vez el resultado y el proyecto del modo de producción existente", escribió Guy Debord en 1967. Medio siglo después, su advertencia cobra una vigencia inquietante en Colombia: ya no importa lo que se hace, sino lo que se muestra. Cada vez es más difícil distinguir entre una pieza informativa, una estrategia institucional y un fragmento de entretenimiento. Las redes están inundadas de reels, TikToks y clips emotivos de funcionarios que repiten fórmulas diseñadas por un equipo de producción completo: camarógrafos, asesores de imagen, editores, drones. Lo importante no es lo que se logra, sino cómo se ve. Lo que se construye no es política pública, sino una marca personal que se paga con nuestro dinero. Los datos disponibles muestran una tendencia preocupante: el crecimiento del gasto en comunicaciones oficiales, tanto a nivel nacional como territorial. Estudios de organizaciones como la Flip han documentado que cientos de miles de millones de pesos se destinan anualmente a publicidad oficial, evidenciando cómo la comunicación se ha convertido en una prioridad frente a las necesidades reales de la población. En medio de esa coreografía digital, nuestro rol como ciudadanos se desvanece. No exigimos: nos entretenemos. Pan y circo digital. Espectadores sin butaca, cuya principal participación consiste en aplaudir, abuchear o viralizar. El engagement reemplazó al debate. El trending topic desplazó al voto informado. En esta política, que se graba más de lo que se gobierna, los roles se desdibujan: ya no es el poder el que se somete al juicio de la ciudadanía, sino la ciudadanía la que debe adaptarse al libreto programado. Esperamos el próximo episodio de nuestros gobernantes como si fuera una serie de Netflix, sin preguntarnos si el guion coincide con la realidad. Mientras las cámaras siguen rodando, la democracia se desintegra en silencio. Los debates de fondo se pierden en el ruido de las notificaciones. Las decisiones importantes se toman en privado, mientras se transmiten en vivo los desayunos oficiales. Este país enfrenta desafíos reales que no se resuelven con videos emotivos ni discursos preparados. Las necesidades son urgentes, los problemas son profundos y el tiempo —nuestro tiempo— es limitado. No podemos permitir que el ego y la obsesión por figurar terminen de sepultar lo que queda de la política seria. La pregunta ya no es retórica: ¿cuándo decidiremos cambiar el canal y exigir que nuestros representantes dejen de actuar… para empezar a gobernar?