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Opinión

La seguridad es colectiva: ¿por qué no la estamos exigiendo?

Glenda K. Fuentes
Glenda K. Fuentes
Columnista
6 de diciembre de 2025

Crecimos jugando en las calles, en los andenes calientes, en la esquina del barrio donde todos los niños se encontraban sin necesidad de cita previa. La calle era el patio de recreo y el parque quedaba a unas cuadras, suficientemente cerca para que nuestros padres no temieran dejarnos ir solos. Las bicicletas se quedaban apoyadas en cualquier parte, las peleas eran de trompo y canicas, y la única advertencia era regresar antes de que oscureciera. No porque corriéramos peligro, sino porque en las casas ya estaban sirviendo la comida.

Esa Colombia quedó atrás. Y lo más doloroso no es que haya cambiado: es que le quitamos a una generación entera la posibilidad de vivirla. Hoy, miles de niños piden como regalo de Navidad un teléfono de alta gama. Y más allá de alejar a cualquier menor del mundo real, algo que ya es tema de discusión, el verdadero problema es que en este país un teléfono también es un riesgo para su seguridad y su integridad física. Lo que debería ser una alegría se convierte en un dilema absurdo: ese aparato, tan común en el mundo, aquí significa peligro. Significa convertirse en un blanco. Significa aceptar que la víctima de un atraco puede no ser solo el celular, sino el propio niño que se resista a entregarlo. Incluso su vida. No hay una palabra para esto que nos están quitando. No es solo inseguridad: es la pérdida de la libertad de vivir plenamente, de moverse sin miedo, de gozar de derechos colectivos tan básicos como disfrutar del espacio público. En Colombia, un niño no puede estar seguro llevando en el bolsillo algo que el resto del mundo considera cotidiano. Y eso debería ser suficiente para escandalizarnos. Cada año se reportan miles de hurtos cuyo objetivo principal es un celular, y decenas de homicidios asociados a estos. ¿Quién puede controlar la reacción frente a un ataque armado? Difícilmente un adulto. Mucho menos un niño. ¿Qué posibilidad real tiene un menor de conservar la calma cuando alguien le apunta, le intimida o le exige entregar un objeto? Ninguna. Y sin embargo, hemos normalizado que carguen ese riesgo como parte de su vida diaria. La Constitución es clara: la seguridad es un derecho fundamental, y los derechos de los niños y adolescentes prevalecen sobre los derechos de los demás. Cuando un niño no puede pisar la calle sin riesgo, el Estado está incumpliendo su deber más básico. La seguridad es un derecho colectivo. No puede ser un privilegio reservado para quienes pueden pagarla. El derecho a transitar libremente, a disfrutar del espacio público, a vivir sin miedo, no puede convertirse en un lujo. Colombia puede y debe ser un país donde todos disfrutemos plenamente de nuestros derechos, especialmente que los niños sean niños y estén seguros. Donde la infancia no sea un recuerdo de otro tiempo, sino una realidad posible. Donde jugar no sea un acto de riesgo y donde un regalo no venga acompañado de una advertencia.