
La salud del alma

A veces el sentimiento nos lleva a escribir cosas que parecen exageradas o incluso equivocadas. Con el paso de las horas uno relee lo escrito, analiza con calma lo que sentía en ese momento y descubre algo inquietante: muchas veces aquello que parecía una emoción pasajera era, en realidad, una verdad que solo necesitaba tiempo para revelarse. Así es el amor, pero también así funcionan los sentimientos humanos.
Vibran en el corazón, se mueven con intensidad y nos empujan a reflexionar sobre lo que somos y lo que vivimos. Sin embargo, cuando miramos con más profundidad, entendemos que los sentimientos también son momentos. Hay momentos buenos, momentos malos y otros demasiado malos. Pero, al final, siguen siendo momentos: etapas que llegan, se instalan un tiempo y luego se van. La vida está hecha precisamente de eso. De instantes dulces y de instantes salados, de alegrías y decepciones, de victorias y desengaños. La clave está en aprender a vivirlos. Saber gozar cuando llega la alegría, saber perdonar cuando aparece el dolor y saber sanar cuando la tristeza toca la puerta. Solo así se alcanza algo que hoy parece escaso: la paz interior. Porque si algo debemos comprender es que todos, absolutamente todos, somos apenas una historia prestada. Estamos aquí por un tiempo breve, escribiendo capítulos que un día terminarán. Y cuando ese día llegue, lo único que realmente habrá tenido valor serán esas pequeñas cosas que vivimos: los afectos, los aprendizajes, las caídas y la capacidad de levantarnos después de ellas. Hoy, precisamente, escribo estas líneas con una preocupación profunda que trasciende lo personal: la salud mental pública. En Colombia hemos hablado durante años de hospitales, medicamentos y cirugías, pero muy poco de lo que ocurre en la mente y en el corazón de las personas. La ansiedad, la depresión, el estrés y la desesperanza se han convertido en compañeros silenciosos de millones de ciudadanos, mientras el Estado sigue mirando hacia otro lado. Deberíamos tener un sistema de salud donde sea tan común encontrar consultas externas con médicos generales como con psicólogos. Debería ser normal que un ciudadano pueda acudir a ayuda profesional cuando su mente se quiebra o cuando su vida emocional se desordena. Pero hoy esa realidad no existe. Se prometió una transformación profunda del sistema de salud. Se habló de cambios estructurales, de dignidad para los pacientes y de un nuevo modelo que pondría a las personas en el centro. Sin embargo, la realidad que vive el país es otra: dificultades para acceder a medicamentos, hospitales públicos con recursos limitados y una incertidumbre creciente en todo el sistema. Un gobierno debe servir para aliviar el sufrimiento de la gente, no para aumentarlo. Debe curar enfermedades, garantizar tratamientos y ofrecer esperanza. Cuando un Estado falla en eso, no solo se deteriora la salud física de la población: también se deteriora su confianza, su estabilidad emocional y su esperanza en el futuro. Ha llegado la hora de entender que la salud mental no es un lujo ni un tema secundario. Es una prioridad nacional. Porque un país no solo se enferma en el cuerpo; también puede enfermarse en el alma.