
La realidad derrotó a la retórica

Hay algo profundamente disonante cuando se escucha a los voceros del continuismo hablar sobre salud en Colombia.
Mientras surgen cada vez más escándalos, muertes evitables, deudas y nombramientos antitécnicos, la propuesta de los herederos del gobierno es: más Estado, más intervención, más burocracia y más de la receta que ha contribuido a destruir el sistema. La campaña de Cepeda representa la consolidación de un proyecto político que, frente a los problemas que hoy sufrimos millones de colombianos, sigue refugiándose en el delirio de la ideología. El verdadero problema de buena parte de la izquierda latinoamericana es su extraordinaria capacidad para enamorarse de sus teorías e ignorar sus resultados. Cuando la realidad contradice el discurso, nunca faltan excusas. Si el modelo no funciona, es porque no se aplicó suficiente. Si los indicadores empeoran, es culpa de quienes se resisten al cambio. Si aparecen nuevas crisis, la responsabilidad es de alguien más, nunca de las fallidas políticas instauradas contra toda lógica. La salud colombiana se ha convertido en una demostración dolorosa de ese fenómeno. El gobierno determinó que una mayor concentración estatal resolvería los problemas estructurales del sistema. El panorama actual es que las dificultades para recibir tratamientos ocupan titulares, las deudas aumentan y la incertidumbre domina a buena parte de los actores del sector. Sin embargo, quienes impulsaron este camino pretenden que el país acepte que la solución es avanzar todavía más por la misma ruta fracasada. Y todo con una increíble ausencia de autocrítica. Solo largas explicaciones sobre enemigos imaginarios, autosabotajes permanentes y ninguna reflexión sobre sus errores y corrupción. Mientras tanto, Colombia enfrenta una realidad fiscal adversa. La deuda pública está históricamente elevada; el déficit fiscal presiona las finanzas. El margen para expandir el gasto es cada vez menor, y las respuestas del continuismo son promesas cuyo financiamiento es incierto y cuya ejecución depende de un Estado con graves limitaciones de gestión. Los problemas comienzan donde termina la fantasía presupuestal. Por eso, elegir a De La Espriella sobre Cepeda me parece sencillo. No porque Abelardo tenga soluciones mágicas, sino porque parte del reconocimiento a una realidad elemental, y es que existe una crisis que debe ser atendida con urgencia. Su propuesta busca estabilizar, corregir y recuperar capacidades antes de lanzarse a reformas institucionales. La diferencia es fundamental. El proyecto político de Abelardo observa el edificio en llamas y se propone ayudar a los bomberos para evitar el colapso. El otro proyecto insiste en que la candela es una ilusión óptica y que la solución consiste en avivar lo que produjo la conflagración. Colombia necesita reformas, pero también necesita recuperar el respeto por la verdad, la cual tiene por costumbre que tarde o temprano termina imponiéndose sobre las ideologías. Hasta ahora, quienes han pagado el precio de la apatía gubernamental hacia la realidad han sido principalmente los pacientes, pero también los médicos y demás talento humano del sector. Hay que cambiar el rumbo.