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Opinión

La próxima gran transformación del campo no vendrá de Bogotá

Luis Miguel Pico Pastrana
Luis Miguel Pico Pastrana
Columnista
13 de agosto de 2025

Bogotá no conoce el barro que se pega en los tobillos cuando un productor camina kilómetros con su cosecha al hombro. Desde la capital se diseñan políticas para el campo que no distinguen los caños del Bajo Sinú, los esteros de La Mojana o los suelos salinos que solo el campesino del Caribe ha aprendido a domar con sabiduría tradicional. Por décadas, la política rural se ha escrito con tinta fría desde el centro, mientras las regiones escriben sus historias con machete, agua y resistencia. Colombia necesita reconocer una verdad incómoda: la transformación del campo no será una imposición vertical ni un plan ministerial replicado en cadena. La próxima gran revolución agroindustrial nacerá desde las regiones, desde la experiencia viva de los productores que siembran en Córdoba, en Sucre y en los otros rincones olvidados del Caribe rural.

El Caribe colombiano, en especial los departamentos de Córdoba y Sucre, concentra una riqueza agroecológica estratégica que ha sido históricamente subvalorada. Córdoba, con más de 1,4 millones de hectáreas de vocación agropecuaria (Upra, 2023), aporta el 6,5 % del hato ganadero nacional y es uno de los mayores productores de plátano y arroz de riego del país. Sucre, por su parte, cuenta con más de 400.000 hectáreas con potencial agrícola, y ha venido incrementando sus áreas sembradas de yuca, limón Tahití, marañón y ganadería doble propósito. Sin embargo, según el Censo Nacional Agropecuario (Dane, 2014), más del 80 % de las unidades productivas en ambos departamentos no cuentan con riego tecnificado, y más del 60 % dependen del autoconsumo o de la comercialización informal. Este desfase entre potencial y realidad tiene raíces estructurales. Una de las más profundas es el centralismo en la toma de decisiones. De acuerdo con el análisis del Presupuesto General de la Nación, entre 2018 y 2022 menos del 4 % de los recursos de inversión del Ministerio de Agricultura se destinaron a proyectos en Córdoba y Sucre, la mayoría de carácter asistencial o transitorio. A esto se suman graves déficits en infraestructura: según Invías, solo el 9 % de la red terciaria en Córdoba está en buen estado, y en Sucre apenas el 5 %. Además, el 70 % de los municipios del Caribe no cuenta con sistemas formales de almacenamiento ni centros de acopio certificados (MinAgricultura, 2023), lo que limita gravemente la integración de los pequeños productores a las cadenas de valor. No obstante, y contra toda adversidad, hay señales claras de una transformación silenciosa y territorial. En municipios como Ayapel, San Bernardo del Viento, Chinú o Sampués, jóvenes rurales están construyendo modelos productivos sostenibles, apostando por agroindustria artesanal, turismo rural, comercio digital y cadenas más justas. En San Pelayo, asociaciones de mujeres exportan subproductos de marañón; en San Marcos, la cadena del limón Tahití se fortalece con alianzas comerciales nacionales e internacionales. Son iniciativas sin reflectores, con escaso respaldo institucional, pero con altísimo impacto social y económico. Lo que estas iniciativas demandan no son más diagnósticos, sino herramientas de cambio. Primero, un sistema financiero que reconozca la realidad rural: según Banca de las Oportunidades (2022), solo el 18 % de los hogares rurales en Córdoba y Sucre acceden a servicios financieros formales. Sin crédito, sin seguros climáticos ni esquemas de comercialización protegidos, el pequeño productor no puede escalar. Segundo, infraestructura productiva de base: distritos de riego de pequeña escala, energía solar descentralizada, centros de almacenamiento comunitario y vías terciarias manejadas por juntas comunales. Según estimaciones del IICA (2023), estas inversiones pueden duplicar la rentabilidad agrícola en zonas rurales dispersas. Pero hay un factor clave que suele estar ausente en los discursos: el conocimiento útil y aplicado. En Córdoba operan estaciones agroclimáticas, centros como Agrosavia y diversas universidades regionales. No obstante, el 78 % de los productores declara no recibir asistencia técnica efectiva ni tener acceso a información oportuna sobre tecnologías, según la Encuesta Nacional Agropecuaria del Dane (2023). Aquí se revela una desconexión crítica: la ciencia no llega al territorio porque no ha sido apropiada ni traducida al lenguaje del productor. Los centros de investigación del Caribe no están desconectados por falta de capacidad, sino por falta de articulación. Romper esta brecha requiere repensar los modelos de extensión rural: que sean móviles, digitales, basados en asociatividad, con enfoque territorial y participación comunitaria. Y, sobre todo, que incluyan al joven rural como protagonista. Más del 60 % de los jóvenes rurales del Caribe desea migrar por falta de oportunidades (Pnud, 2021). Revertir esta tendencia exige acciones decididas: acceso a tierra, formación técnica, créditos específicos para emprendimientos agroindustriales, becas rurales y una banca de desarrollo joven. La región necesita un plan concreto, como un programa "Jóvenes Rurales del Caribe 2030", pensado y gestionado desde las regiones. El campo no espera decretos. Espera respeto. Espera caminos, agua, crédito, educación. La ruralidad del Caribe ha sobrevivido al abandono, al conflicto y al olvido. Hoy no quiere subsidios eternos. Quiere reglas claras, conocimiento útil y condiciones para prosperar. Porque donde hay campesinos, hay sabiduría. Donde hay mujer rural, hay transformación. Donde hay jóvenes con visión, hay futuro. La próxima gran transformación del campo colombiano no vendrá de Bogotá. Vendrá de las mujeres que lideran asociaciones en Moñitos, Lorica, Momil, Betulia, Corozal. De los jóvenes que apuestan por la miel en Tierralta. De los visionarios que siembran coco en Puerto Escondido o San Onofre y piensan en bioeconomía, asociatividad e identidad. Vendrá de quienes (sin reflectores ni subsidios) ya están cultivando un nuevo modelo rural, moderno e inclusivo. El nuevo campo no se ordenará desde un escritorio. Se cultivará, como siempre, desde la tierra.