
La política como acto de fe

En Colombia, hacer política es caminar por un terreno minado. No siempre de explosivos, pero sí de intereses, pactos invisibles y juegos de poder que rara vez salen a la luz. El reciente asesinato de un senador y precandidato presidencial vuelve a encender el debate, pero más allá de la conmoción mediática, conviene preguntarse: ¿quién asume realmente los riesgos de la política?
Porque seamos claros: no todos los que hacen política en Colombia lo hacen por vocación de servicio. Muchos ocupan cargos para blindar negocios, garantizar cuotas o intercambiar favores. Para ellos, la política es una inversión que se protege con guardaespaldas, blindajes legales y lealtades compradas. El peligro es relativo; la supervivencia, casi garantizada. En cambio, los que llegan a la política movidos por causas comunitarias, sin maquinarias ni padrinos, son los que más sienten el filo de la violencia. Líderes sociales, defensores de derechos humanos… Ellos ponen el cuerpo y la voz sin escudos ni privilegios, y son los primeros en la lista de amenazas y atentados. Según cifras de Indepaz, entre enero y julio de 2025 fueron asesinados 88 líderes sociales y defensores de derechos humanos en Colombia, una tendencia que mantiene al país entre los más peligrosos del mundo para ejercer liderazgo comunitario. Ahí es donde la política, para quienes la ejercen honestamente, se convierte en un acto de fe casi irracional. Fe en que la semilla que siembren no será arrancada por la corrupción, la apatía o la violencia. Fe en que vale la pena enfrentarse a estructuras enquistadas, aunque el costo personal sea alto. Y esa fe no es solo de quienes se lanzan a la arena política; también debería ser de los ciudadanos. Pero aquí aparece otra paradoja: muchos votantes depositan su confianza en los mismos que perpetúan el sistema que dicen rechazar, mientras desconfían de los que lo enfrentan. El desencanto se traduce en abstención, y la abstención entrega el tablero a los jugadores de siempre. La política en Colombia no es una peregrinación de santos, pero sí un campo donde quienes intentan jugar limpio suelen pagar el precio más alto. Si seguimos confundiendo el espectáculo con la vocación, seguiremos dejando que los blindados dicten las reglas y que los verdaderos creyentes se jueguen la vida solos. Creer en la política, hoy, implica algo más que esperanza: exige una mirada crítica para distinguir quién arriesga por todos y quién solo actúa para sí mismo. Como advirtió George Orwell: "Ver lo que tienes delante de las narices requiere una lucha constante". Porque la fe sin lucidez no es virtud: es complicidad.