
La paz imposible

Como la paz se convirtió en un enunciado constitucional de “obligatorio cumplimiento”, sin tener en cuenta los caminos reales que nos llevarían, siquiera, a un respeto unánime de las instituciones, seguiremos nadando en un mar de sangre con el pretexto de la desigualdad, por un lado, y de la inderrotable fuerza del narcotráfico, por el otro. ¿Y la corrupción? Esa no emana de la boca del fusil…
Estamos signados por la palabra diálogo, que se nos convirtió en otro enunciado de “obligatorio cumplimiento”. Aquí todo el mundo, para no polarizar, otra palabreja de “obligatorio cumplimiento”, se imagina que la maldad y el crimen se resuelven con actos de buena voluntad, con concesiones ilimitadas a los delincuentes, bajo la sombra de regímenes dictatoriales que, gustosos, sirven como hospederos de nuestros ilusos comisionados, como se ha visto en La Habana y en Caracas, de donde salen ellos, los comisionados, siempre esquilmados por las avorazadas exigencias de los “rebeldes”, una recua de narcotraficantes que todavía predican, de labios para afuera, las criminales psicopatías del Che Guevara. En busca de aquel vanidoso e inane Nobel de paz, se prohibió el bombardeo de los campamentos guerrilleros, dizque porque ahí hay niños (tesis impulsada por el egregio Roy Barreras, olvidando que los niños son utilizados como escudos humanos), y la fumigación de cultivos de mata de coca, apoyándose en un principio enternecedor, el de precaución, supuestamente para evitar unos efectos deletéreos medioambientales que no están demostrados, solo con el objetivo de claudicar una vez más frente al delito. Se habla de paz total mientras se insulta, se injuria a los contradictores, se tuerce la verdad con base en flagrantes distorsiones estadísticas, se estimula el odio de clases y se flamea la falsa y anacrónica bandera de “libertad o muerte”, mientras el megalómano garante del caos se autoexime moralmente de toda responsabilidad, como cualquier sociópata de barrio. Quienes no se acogen al lenguaje victimista y a los propósitos dictatoriales y estatizantes del “progresismo”, cuyas ejecutorias han hecho desaparecer irremediablemente el decoro en el ejercicio del mando y en la exhibición de la condición sexual, proclamando conductas crapulosas como salvíficas virtudes de la modernidad, son tildados de fascistas y nazis, mientras que los dueños de la verdad socialista, que solo ven por un ojo, nada dicen de Ucrania, que es víctima de un delirio imperial comunista, ni de Hamás, que desencadenó la tragedia de Gaza.