
La parte fiel

La Iglesia, santa, católica y apostólica, enfrenta desafíos. A pesar de su santidad, el "humo de Satanás" y mensajes contradictorios amenazan la fe de los creyentes.
Por Selma Samur de Heenan Al rezar el Credo, afirmamos que creemos en la Iglesia, que es santa, católica y apostólica. Es santa, por su origen, ya que la instituyó el mismo Dios hecho hombre. Es católica, por ser universal, tener un único magisterio y una sola doctrina bajo la custodia de un solo pastor. Es apostólica, porque se inicia en cabeza del apóstol designado por Jesús, y se va transmitiendo sucesivamente mediante los apóstoles, que, hoy en día, son los obispos. Es importante resaltar algunos otros aspectos que imprimen santidad a la Iglesia, como la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, así como el hecho de que sus ceremonias, ritos, liturgia y sacramentos, se encuentran orientados a propiciar la salvación de los fieles, dando honor y gloria al Señor. Es indiscutible que, además, las personas que realmente viven el evangelio con la fidelidad que Jesucristo nos enseñó, aportan una dosis enorme de santidad al cuerpo místico de Cristo. Estos buenos cristianos son aquellos que ofrecen su vida a Dios, le aman por encima de todas las cosas, dándole el primer lugar y obedeciéndole en detalle sus mandamientos. Pese a la veracidad de todo lo anterior, la Iglesia desde sus inicios, y a lo largo de los siglos, ha tenido momentos de oscuridad, y los sigue padeciendo, porque es una luchadora en la batalla entre el bien y el mal. En 1972, Pablo VI afirmó que tenía la sensación de que, por alguna grieta había entrado el humo de Satanás en el templo de Dios. Y no estaba equivocado, si los hechos que han venido desenvolviéndose desde esa época, son una prueba contundente de su afirmación. El actual catecismo, promovido y dirigido por el entonces cardenal Ratzinger y el papa Juan Pablo II, en su numeral 675, advierte claramente que la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes. Que será develado el "misterio de iniquidad", bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. Hoy en día, dentro de la Iglesia, nos estamos viendo bombardeados por mensajes contradictorios que no concuerdan con sus inveteradas enseñanzas, ni con la Palabra de Dios, la doctrina y la tradición que hemos conocido. Esta difícil situación, antes que alejarnos, debe invitarnos a permanecer leales, dentro de ese único rebaño que Jesús anunció, en el que, según algunas profecías, solamente una pequeña parte seguirá siendo fiel.