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Opinión

La música más bella del mundo

Ensuncho De La Bárcena
Ensuncho De La Bárcena
Columnista
20 de diciembre de 2024

El Porro, música ancestral que activa la felicidad, trasciende el tiempo y las fronteras. Conecta generaciones a través de trompetas, clarinetes y la memoria emocional.

Por Ensuncho De La Bárcena A ustedes también les pasa: cuando suena una banda se nos activa la felicidad. El tiempo se hace maleable, dúctil, fluido. Y podemos recordar aquellas épocas en las que no habíamos nacido, porque están presentes en las notas de la trompeta y en la respuesta del clarinete. Nos lo canta la memoria emocional de nuestros genes. Porque nuestros abuelos y bisabuelos también disfrutaron de esta exquisita forma de ordenar el silencio. Igual nos llegan noticias del futuro a través de estos espléndidos sonidos que nos conectan con nuestros nietos, bisnietos y choznos. Porque Su Majestad, El Porro, no nació nunca y nunca morirá. Nos acompaña desde la noche de los tiempos, cuando uno de nuestros ancestros se puso de pie y tomó un leño en la mano para darle incontables vueltas a la fogata, siempre en sentido contrario al giro de los planetas. Y a otro se le ocurrió, bajo la Luna Llena, cortar un cardón para sacarle suspiros. Su enamorada, al verlo tan concentrado, se acordó de la cera de las abejas y quiso endulzarle el oído con su voz. Un pato voló, marcando el ritmo con sus alas. Ya el Porro estaba en la superficie del San Jorge, del Sinú, del Cauca y del Magdalena. Entre las nubes que vuelan hacia el norte, en pleno atardecer sabanero. En la quietud de la ciénaga, en la voz de la garza atravesando el cielo en busca del mar. El Porro nos antecedió y nos sucederá. Convirtió las bandas de guerra, en cuerpos y almas de paz. Acompañó al pueblo en sus rituales de vida y muerte. En sus fiestas. En sus entierros. Se hizo fandango al calor de las velas. Se vistió de etiqueta para bailar con una Dama. Subió al avión y desde el aire contempló lo que ya sabía: que el mundo no tiene fronteras, ni límites, para quien sabe observar. Y que para observar, hay que saber escuchar. Aterrizó y habló donde quiso, porque su lenguaje es el mismo de la lluvia y el viento. Por eso forma parte de la orquesta sinfónica y al tiempo juega con la hojita del limón. Se arruga con el acordeón y se riega con el trueno. Se hace jazz, porrock y hasta electrónico. Al maestro Carlos Piña no le gusta que le pongan apellidos al Porro. Julio Castillo responde que no le escucha bien, porque tiene un oído tapao y el otro palitiao. Piña suelta la carcajada y remata diciendo: "hay porros de corraleja y porros de salón". Unos más nostálgicos, otros más alegres. ¿Así o más claro? ¡Eureka!