
La mujer loba sabe: Cómo una mirada sobre emociones puede transformar la justicia

Dicen que las mujeres y las lobas comparten instinto, lealtad y una capacidad natural de sostener su manada aún en territorios hostiles. Lo sé. Lo he visto. Lo he vivido. Somos esa mezcla de mirada aguda y corazón vulnerable. Podemos resistir en silencio, pero también rugir cuando es necesario defender y continuar. Y aun así, en medio de todas esas fuerzas, hay algo que a veces se siente incompleto: la ausencia de un lugar que permita sanar mientras se lucha.
En Colombia, 228.8 de cada 100.000 mujeres viven violencia intrafamiliar. Cada día mueren tres. Cada día, 46 niñas son víctimas de agresión sexual. Son cifras que hablan de catástrofe, pero los números ocultan algo más profundo: la ausencia de un espacio que reconozca que sanar también es justicia. Durante años, el derecho ha pretendido ser neutral, objetivo, distante. Como si el dolor pudiera archivarse en un expediente. Como si la dignidad se midiera en folios. Como si sanar fuera un tema secundario. Ese modelo ha servido para sancionar, sí. Pero no para completar. No para devolverle a una mujer su paz, su voz, su cuerpo, su capacidad de volver a confiar en el mundo y en ella misma. Por eso hablo de justicia afectiva. No como una respuesta emocional a la violencia, sino como una exigencia ética. Como un derecho a ser reparadas también en lo que no se ve: en lo que late, en lo que tiembla, en lo que recuerda. No basta castigar a quien hirió. Una mujer no vuelve a respirar solo porque un juez firmó. Vuelve a respirar cuando puede dormir sin miedo, cuando su historia deja de ser un susurro, cuando su nombre ya no se asocia al dolor sino a la victoria íntima de seguir de pie y transformar con su historia. No se trata de venganza; se trata de dignidad. De contar con un sistema donde la justicia no sea fría, donde denunciar no sea otra batalla, donde la voz no solo sea escuchada, sino reconocida y donde la presencia femenina en los espacios de poder sea garantía, no excepción. Merecemos un derecho que entienda la cosmovisión femenina y para ello debemos abrir el debate con rigor, con verdad y con valentía. Necesitamos mujeres lobas liderando. Mujeres que no solo sobrevivan: que trasciendan. Mujeres que no solo se reparen: que recuperen poder, propósito y plenitud. Porque la reparación es el punto de partida, no el destino. Después de sanar, necesitamos acceder, decidir, liderar, crear y transformar. Necesitamos justicia que proteja, sí, pero también justicia que restituya dignidad, amplíe posibilidades, garantice espacios, devuelva autonomía y abra futuro. Porque la mujer loba sabe que la sanación no es individual: es política, social, comunitaria y generacional. Sabe que la manada solo se reconstruye cuando todas tenemos un lugar para florecer mientras luchamos. Ser plenas no es un premio. Es un derecho. Y es tiempo de que el derecho lo entienda.