
La misoginia en el sillón de los aplausos

La arrogancia suele ser la suma de la ignorancia y la convicción. A veces, además, reforzada por adeptos que, ciegos de su propia ceguera, aplauden sin cuestionar aquello que previamente ha quedado expuesto. Y eso, en un líder, deja de ser un defecto de carácter para convertirse en un riesgo colectivo.
Por más que lo intento, no me cabe en la cabeza. No hay manera de normalizar —ni de guardar silencio— cuando en pleno siglo XXI se justifican expresiones y actitudes misóginas simplemente por simpatía política hacia quien las pronuncia. Hablamos de dignidad, de derechos y de paridad, y aun así justificamos. Nos reímos del chiste que reduce a la mujer, de la imagen que la convierte en paisaje, del discurso atravesado por la misoginia, porque quien lo dice es “de los nuestros”. Como si la afinidad política tuviera el poder de limpiar lo inadmisible. Y no, no lo tiene. Una de las cosas que más me inquieta es ver a mujeres convertidas en instrumento de quienes las reducen: defendiendo con convicción aquello que las lastima, replicando sin cuestionar, apasionadas por sostener lo indefendible porque la alternativa implicaría aceptar que quien admiran o apoyan también se equivoca. Ese es el problema: lo que no se reconoce, no se corrige; y lo que no se corrige, se perpetúa. Y es que no hay complicidad sin cultura que la sostenga. Somos producto de una estructura social y política que nos ha asignado un lugar, y muchas veces lo hemos asumido sin cuestionarlo, incluso cuando ese lugar nos reduce. La misoginia no solo viene de ellos. También viene de nosotras, de las que aprendimos a defender el poder ajeno como si fuera propio, a callar para pertenecer, a aplaudir para no quedar por fuera. Somos, en muchos sentidos, machistas también. Colombia tiene paridad en listas. Los formularios se llenan y los porcentajes se reportan. Sin embargo, seguimos eligiendo lo mismo, en la lógica de que el liderazgo requiere ser representado desde la agresividad, la imposición o la ausencia de límites. La norma cambió; la cultura, no necesariamente. La paridad sin transformación es apenas decorado. Y el decorado no vota, no legisla y no transforma. La coherencia feminista no puede ser selectiva. No podemos exigir respeto en el discurso jurídico y, al mismo tiempo, aplaudir la cosificación cuando proviene del sector político con el que simpatizamos. Nos indignamos cuando el agravio viene del bando contrario, pero buscamos minimizarlo o esconderlo cuando proviene del propio. Lo que está mal, está mal siempre. Sin importar quién lo diga. Sin importar a quién le convenga callarlo. Eso no es rigidez; es coherencia. Y quizá la coherencia, en política, sea hoy uno de los actos más incómodos, y más urgentes, frente a la misoginia normalizada.