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Opinión

La mediana edad no nos condena, mujer

Glenda K. Fuentes
Glenda K. Fuentes
Columnista
29 de marzo de 2025

La sociedad juzga a las mujeres por su belleza, especialmente la juventud. ¿Qué ocurre cuando el tiempo deja huella? El caso de Pamela Anderson desafía esos estándares.

Por Glenda K. Fuentes La belleza ha sido, durante siglos, el termómetro con el que la sociedad mide el valor de las mujeres. Nos han enseñado a aceptar que, para ser visibles, debemos ser jóvenes, impecables, inalcanzables. Nos exigen tanto: ser madres ejemplares, hijas perfectas, fuertes, trabajadoras incansables, inteligentes... y, sobre todo, siempre bellas. Aquí surge una pregunta: ¿qué pasa cuando la belleza ya no es sinónimo de juventud eterna? ¿Qué pasa cuando los rastros del tiempo dejan su huella y, con ella, nuestro valor es cuestionado? Pamela Anderson, la icónica chica de Guardianes de la Bahía, fue un emblema de la sensualidad y perfección de los años 90. Su rostro y cuerpo eran la referencia. Sin embargo, con el paso de los años, muchos de esos rasgos fueron cambiando y, con ellos, la crítica. ¿Qué pasó con Pamela? Quizás la respuesta es más sencilla de lo que parece: ha crecido, y envejecido. En un acto de valentía y resistencia, esta mujer ha mostrado su rostro sin maquillaje y sin filtros, una decisión que ha sido condenada por los medios, por el público en general, y especialmente por las mismas mujeres. Y es que la sociedad no sabe cómo reaccionar ante una mujer que renuncia a la imagen que construyeron para ella. Vivimos en un entorno que le pide a las mujeres ser todo, pero bajo un único parámetro: juventud e inmaculada perfección. Esta constante presión, esta tiranía social, se convierte en una condena que nos trasmite un mensaje claro: la que envejece es menos atractiva y menos relevante. El paso de los años debe ser un motivo de celebración, no de miedo. Cada arruga, cada cambio en nuestro cuerpo, es testimonio de los momentos vividos, las batallas superadas, las lecciones aprendidas. La mujer madura es como un árbol que ha resistido muchas estaciones: su fuerza está en la profundidad de sus raíces, en la serenidad de su crecimiento. Y con ello, ofrece al mundo una sombra llena de sabiduría. La mediana edad no nos condena mujeres; nos libera. Nos permite ser finalmente quienes somos, sin las ataduras de una imagen perfecta, sin los miedos impuestos por una cultura superficial. Envejecer con gracia no es negar el paso del tiempo, sino honrarlo, aprender de él y seguir construyendo, pues mientras haya vida, hay mucho por hacer. Ahora bien, esto no quiere decir que esté mal o que deba ser cuestionable buscar en la medicina, en la estética, herramientas que permitan lucir más cómodas o felices con nuestro aspecto. Lo que sí es cuestionable es que esto sea el resultado de la presión de una sociedad que define nuestro valor en lo pasajero: juventud y apariencia. "La verdadera belleza reside en la fuerza del alma que se muestra tal como es, sin miedo al tiempo y a las expectativas ajenas".