
La imaginación como motor del desarrollo

El físico Richard Feynman, premio Nobel de Física en 1965, sostenía una tesis vigente: la mayoría conoce numerosos hechos, pero pocos saben pensar. La distinción es de fondo. Acumular información es un ejercicio de memoria; pensar exige imaginación. En esa diferencia se juega buena parte del porvenir de nuestros territorios, sobrados en diagnósticos técnicos y escasos en preguntas genuinamente formuladas.
En una célebre conferencia sobre física e imaginación, Feynman explicaba fenómenos cotidianos —el calor, el fuego, una gota de agua— no para exhibir formalismo matemático, sino para enseñar una manera particular de observar el mundo. El calor, sostenía, no es una "cosa" en sí misma, sino movimiento atómico convertido en sensación. La energía no se destruye: se transforma. El fuego es una reacción en cadena que se autoalimenta. Y su ejemplo predilecto —los árboles están hechos, en gran medida, de aire— ilustra cómo el dióxido de carbono atmosférico se convierte, mediante la fotosíntesis, en madera sólida. ¿Qué relación guarda esto con la administración pública, con nuestros municipios? Una relación directa. El problema recurrente de la gestión territorial no reside en la escasez de información —sobran datos, diagnósticos y estudios territoriales—, sino en la ausencia de preguntas bien planteadas. Para Feynman, la ciencia no consiste en poseer respuestas, sino en formular mejores interrogantes: no cabe preguntar "¿qué es una llama?", sino "¿qué átomos se mueven, y de qué manera?" Trasladado a lo cotidiano: cuando una carretera se daña una y otra vez tras cada temporada de lluvias, la pregunta útil no es solo "¿por qué se dañó?", sino "¿qué material, qué drenaje y qué mantenimiento explican que se dañe siempre en el mismo tramo?" Una segunda lección atañe a la escala. Aquello que percibimos como sólido —un edificio, una institución, una costumbre arraigada— es, en proporción considerable, espacio vacío sostenido por relaciones invisibles. La materia atómica, en efecto, es en su mayor parte vacío: si el núcleo tuviese el tamaño de un grano de maíz, el electrón más próximo se hallaría a la distancia de un campo de fútbol. La realidad no equivale a su apariencia inmediata. Algo similar ocurre cuando un pequeño productor agrícola vende su cosecha a un intermediario: lo visible es la transacción en el punto de venta, pero detrás de ese precio hay costos de transporte y márgenes de intermediación que rara vez se discuten, y que explican por qué quien siembra recibe tan poco por tanto trabajo. Feynman recordaba, asimismo, que ciertas fuerzas fundamentales —la gravedad, el magnetismo, la carga eléctrica— simplemente existen, y que el error habitual consiste en suponer que "explicar" equivale a "reducir a algo más simple". Algo semejante ocurre con el arraigo por la tierra propia: nadie explica del todo por qué un cordobés defiende su porro, su comida o su río con esa intensidad; simplemente es así, y ninguna teoría foránea de desarrollo sustituye esa fuerza. La lección final, acaso la más relevante, es que los científicos más destacados jamás abandonan la curiosidad. No memorizan hechos: persiguen comprensión. Ese debería ser también el estándar de quienes ejercemos funciones públicas: no basta con conocer las cifras de la entidad territorial; es indispensable preguntarse por qué las cosas son como son y de qué modo podrían ser distintas. Pensar como Feynman no es un lujo académico, sino una disciplina que nuestros territorios requieren con urgencia: menos memorización de diagnósticos y más imaginación aplicada a lo que verdaderamente importa.