
La hora de las instituciones

En tiempos de incertidumbre y desazón colectiva, la esperanza debe anclarse en la fortaleza de las instituciones.
En tiempos de incertidumbre y desazón colectiva, la esperanza debe anclarse en la fortaleza de las instituciones. Su cohesión, la transparencia en su proceder, la firmeza en el cumplimiento de su misión y la claridad con que se comunican con la sociedad son factores indispensables para sostener la confianza pública. No basta con que las decisiones sean correctas; han de ser también sinceras, aplicables y asumidas con sentido de responsabilidad. Cierto es que demasiados representantes institucionales han incurrido en comportamientos desafortunados e incluso delictivos. Sin embargo, la gravedad del momento actual impone un llamado superior: que todos comprendan que el futuro de Colombia no puede seguir subordinado a intereses personales o cálculos estratégicos. En manos de quienes ejercen funciones públicas está la posibilidad -y la obligación- de contribuir a la regeneración moral y política del país. La espiral creciente de ciudadanos angustiados que consideran que Colombia va por mal camino debe ser atendida con seriedad. Cuando el discurso voluntarioso sustituye la deliberación y amenaza con fracturar el tejido institucional, la desconfianza se convierte en caldo de cultivo para la desafección democrática. A ello se suma el rol que juegan hoy las redes digitales en la conformación de estados de ánimo masivos. Como señala Byung-Chul Han, "en el mundo controlado por algoritmos, el ser humano va perdiendo su capacidad de obrar por sí mismo". Esa percepción la corrobora César Caballero, gerente de Cifras y Conceptos, al advertir que en las redes digitales se cumple la regla del 90-9-1: el 90% de los usuarios son receptores pasivos, el 9 % interactúa y es muy radical, y solo el 1 % lidera; es decir, una mínima burbuja marca la agenda emocional del país. Cuando el desconcierto amenaza con traducirse en caos, es cuando más urge que el Congreso, la Rama Judicial, el Ejecutivo, el empresariado y la ciudadanía ejerzan sus responsabilidades con decoro y sensatez. El respeto institucional no solo es el único instrumento legítimo para corregir errores y encauzar el rumbo del Estado: es también la base para construir una sociedad justa, con igualdad de oportunidades, libre de escaramuzas que siembran miedo, alimentan delirios mesiánicos o disfrazan con ilusiones libertarias y democracia directa lo que no es más que el viejo afán caudillista de perpetuarse en el poder.