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Opinión

La gratitud como faro

Alejandra María Ramos Hernández
Alejandra María Ramos Hernández
Columnista
12 de septiembre de 2025

A medida que la vida avanza, con sus aciertos, tropiezos y decepciones, vamos descubriendo un sendero silencioso que siempre nos conduce a la gratitud: ese faro que, en medio de la niebla, tantas veces nos ha mostrado el rumbo… y que, sin darnos cuenta, también hemos encendido para alumbrar el camino de otros.

Por Alejandra María Ramos Hernández A medida que la vida avanza, con sus aciertos, tropiezos y decepciones, vamos descubriendo un sendero silencioso que siempre nos conduce a la gratitud: ese faro que, en medio de la niebla, tantas veces nos ha mostrado el rumbo… y que, sin darnos cuenta, también hemos encendido para alumbrar el camino de otros. La gratitud es quizá la expresión más pura de la bondad humana; no busca reconocimiento ni mide recompensas. Aparece en lo cotidiano, en un gesto que sostiene, en la palabra que reconforta, en el abrazo que cobija. Agradecer es recordar de dónde venimos, lo que hemos alcanzado y reconocer con humildad a quienes hicieron posible cada paso de nuestra historia. También es un ejercicio de memoria, porque nada de lo que somos ha surgido en soledad. En nuestro andar quedaron huellas que señalaron dirección, aprendizajes que abrieron horizontes y silencios que nos enseñaron a escucharnos; junto a ellos, hubo seres que fueron como árboles: ofrecieron sombra en los días más intensos y extendieron sus ramas para que pudiéramos trepar más alto y alcanzar nuevos horizontes. Recordar con gratitud es dar un lugar sagrado a quienes hicieron parte de nuestra vida, incluso a aquellos que nos marcaron con dolor, porque de ellos también nació una enseñanza. La memoria agradecida es como un álbum invisible que llevamos en el alma, donde en cada página se entrelazan risas y lágrimas, enseñanzas y pérdidas, llegadas y despedidas. Al mirarlo con amor comprendemos que todo lo vivido, lo dulce y lo amargo, nos trajo hasta aquí. Ese faro es también medicina, calma heridas, suaviza decepciones y transforma el dolor en aprendizaje; cuando elegimos dar valor incluso a lo que dolió, algo dentro de nosotros sana y la vida se vuelve más liviana. Al abrirnos a esa mirada más amplia no solo sanamos lo propio, también aprendemos a mirar la vida con mayor suavidad, y la gratitud se convierte entonces en una fuerza vital que sostiene vínculos, abre caminos y mantiene encendidas las señales que nos guían unos a otros. Y ese mismo faro es camino compartido, porque no nacimos para la soledad. Somos espejos unos de otros y la gratitud se vuelve puente y nos recuerda que las victorias y las cargas son más llevaderas cuando se abrazan en común. Nos enseña a valorar la presencia de quienes caminan a nuestro lado, no como acompañantes pasajeros, sino como compañeros de viaje que sostienen la barca en medio de la marea. Cada acto de generosidad se convierte en un destello que rompe la oscuridad. Muchas veces, incluso, hay gratitudes que solo pueden quedar en silencio: hacia desconocidos que, sin esperarlo, nos mostraron el camino, nos ofrecieron un gesto inesperado de generosidad, nos regalaron un mensaje o una llamada en el instante preciso. Al agradecerlo en lo íntimo no se fortalece un vínculo, pero sí engrandece nuestra mirada y entendemos que la vida también se sostiene en esas señales anónimas que aparecen en el momento justo. Quiero aprovechar para agradecer a tantas personas que han sido, o fueron, faros en mi vida: a esa llamada de un desconocido en medio de mi desesperación brindándome una palabra de aliento, de tranquilidad, de esperanza —“tranquila mamá, tu princesa va a estar bien”— y a tantas otras que no alcanzo a mencionar, pero que guardo en lo profundo de mi memoria. Han marcado mi vida como pequeños milagros a los que solo puedo decir gracias. Quizá la vida no se trate de acumular victorias, sino de aprender a agradecer cada paso, cada compañía, cada respiro. Allí, en esa gratitud sencilla, descubrimos que el alma también sabe brillar como faro.