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Opinión

La Fiesta Brava

Ensuncho De La Bárcena
Ensuncho De La Bárcena
Columnista
26 de enero de 2024

El autor comparte dos experiencias en las Fiestas de Sincelejo: una corrida de toros y una corraleja. Defiende la tauromaquia como civilización, ligada a la identidad mestiza y la tradición.

Por Ensuncho De La Bárcena El fin de semana pasado tuve el honor de vivir dos experiencias memorables. El sábado, una corrida de toros con recortadores, rejoneador, banderilleros y matadores. El domingo, una corraleja con banderilleros, garrocheros, enlazadores y toreros. Ambas fueron posibles gracias a las tradicionales Fiestas del 20 de enero, en nuestro amado Sincelejo, capital de la sabana. Las dos experiencias tienen su importancia en la configuración de lo que somos. Sin embargo, debo advertir que la corrida de toros representa lo que debemos ser. Al contrario de lo que pregona cierto discurso animalista y pendenciero, la tauromaquia es sinónimo de civilización, no de barbarie. Matar animales hace parte de nuestra naturaleza humana y es una manifestación viva de nuestro espíritu ancestral, cazador y carnívoro. Los médicos saben que necesitamos la proteína animal para la configuración de nuestros tejidos, huesos y órganos. Y la fuente de esa proteína es la carne, bien sea de res, cerdo, aves, peces o frutos del mar. Por lo tanto, esa nueva tendencia vegana que recorre el mundo, hija del mundo anglosajón, no corresponde a nuestra realidad cultural. Como ya he sostenido varias veces en esta columna: somos hijos del encuentro. Es bien sabido por todos que la tauromaquia es un arte que trajeron a América nuestros antepasados españoles. Así como trajeron el libro, la universidad, la medicina, el hospital, el credo y el cristianismo. Durante tres siglos en todo el continente tuvimos algo que hoy es inimaginable, pero deseable: unidad política y económica. Gracias a la Monarquía Española tenemos una identidad mestiza y una cultura común a casi seiscientos millones de hablantes en el planeta. La civilización hispánica es una de las cuatro patas de nuestra mesa ancestral. Las otras tres, no menos importantes, son: la civilización zenú (autora del sistema hidráulico más extenso del mundo antiguo y de una exquisita orfebrería) la civilización africana (con sus fructíferas y atávicas dinastías) y la civilización asiática (con su sabiduría hebrea y musulmana). Somos fruto de grandes civilizaciones que se dieron cita en el Caribe para edificar lo que llamamos Nuevo Mundo. Y, si queremos tener un mejor presente y futuro, deberíamos valorar lo mejor del múltiple legado que hemos recibido. La tauromaquia entraña un enorme valor. Porque el arte de lidiar toros es color, gracia, elegancia y orden. Pasión, silencio, pasodoble y poesía. El toro de lidia es un animal consentido desde el nacimiento, bien alimentado y excelentemente tratado. Con un destino claro: morir en un ritual de sacrificio, para convertirse en alimento. Debemos promover y estimular la Fiesta Brava. Para hacer de la nuestra una sociedad mejor. Así sea.